Entre las 1500 cosas que molestan a alguien con
mal carácter como yo, están las personas que se andan sacando fotos a cada
rato. Como hemos andado por lugares bastante turísticos la invasión de fotógrafos
puede llegar a ser abrumadora y uno se pregunta ¿alguien ve esas fotos? ¿O se
quedan ahí guardadas eternamente porque a nadie le importan? Todo eso me ha
llamado la atención, tanto como para escribir en este blog sobre cosas
irrelevantes algunas palabras acerca de las fotos. Fotos análogas, digitales,
en el Facebook, por Whatsapp y las mil posibilidades de la palabra. En
definitiva, fotos para todos los gustos.
Cuando era chico mi mamá tenía una cámara de
esas análogas. Algunas veces la usábamos para sacar fotos en las vacaciones
pero cuando aparecieron las cámaras más livianas y automáticas la vieja y
pesada cámara cayó en desuso. Ni siquiera tengo claro si todavía la tendrá mi
mamá o qué, pero me acuerdo mucho porque me llamaba la atención lo grandota que
era y lo complicados que parecían todos esos números y perillas. Yo por
supuesto, niño pajarón de los 90, preferí rápidamente las nuevas cámaras que
ofrecían mayor comodidad y sobre todo no tener que aprender nada para usarlas.
Más adelante fui testigo, al igual que todos los que leen estas palabras, del
cambio gigante que produjeron las cámaras digitales. Ya no más comprar rollos ni
llevarlos a que lo revelaran en Kodak u otra empresa de dudosa reputación, ni
la plancha de que la persona que te relevaba las fotos se enterara de todo lo
que habías hecho en tus vacaciones. Aunque la mayor limitante era obviamente la
cantidad de fotos que se podía sacar. En las vacaciones más pulentas saqué dos
rollos de 36. Ahora con digital en las vacaciones recientes fueron casi 600. La
cosa es prácticamente infinita lo cual convierte a cualquier cosa o situación
en una posible foto.
No voy a andar haciendo juicios de valor de que
antes la cosa era mejor y todas esas chácharas porque no estoy muy convencido
de eso pero lo indudable es que la cosa ha cambiado caleta y muy
vertiginosamente. Como soy de la generación análoga que se ha adaptado al mundo
digital igual me indigna que la gente le saque fotos hasta al desayuno que se
come pero eso ya tiene que ver con otras mañas. Ahora que anduvimos de vacaciones
en España (o más bien Catalunya para los militantes) vimos a montones de
personas con sus selfie-sticks que son (para los que no han tenido el placer) estos
palos para agarrar los celulares y sacarse fotos a sí mismos sin tener ni
siquiera que usar el brazo. Habíamos visto algunos en Machu-Picchu el año
pasado pero ahora todos los giles tienen el maldito palo así que mientras caminábamos
por los bellos lugares de Barcelona nos tropezabamos a cada paso con los mamertos
y sus palos. Cuando seamos viejos le vamos a decir a nuestros nietos: en mis tiempos si uno andaba
solo o quería sacar una foto de todo el grupo le tenía que pedir a alguien en
la calle que le sacara la foto. De seguro nuestros nietos nos dirán: -ya tata,
si eso ya me lo contaste- con sus caras de adolescentes apáticos.
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| Los próceres sacándose una selfie |
Pero por más que uno se haga el análogo hay que
reconocer que también sacamos fotos con el celular, las subimos al Facebook y
todas esas cosas. Sobre todo ahora que estamos viviendo acá en las lejanías nortinas
hemos empezado a adquirir esas malas costumbres de sacarle fotos a la comida, a
los objetos y al sin fin de cosas que se cruzan por nuestro camino. Hay algo muy
loco con todo esto, en lo cual no había reparado hasta hace poco: Todas esas
fotos inservibles contribuyen muchísimo a generar una cierta cercanía y
cotidianidad con la gente que queremos. Por ejemplo a veces cuando cocinamos
sacamos alguna foto y la mandamos por whatsapp. Nuestras madres que están a casi
12.000 kilometros de aquí se pueden enterar ipso-facto de que estamos comiendo
un rico salmón con puré. ¿Para qué sirve eso? Para nada seguramente pero le
genera a ellas y a nosotros una pequeña sensación de que estamos cerca, de que
compartimos algo tan cotidiano como el almuerzo de la jornada.
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| Elegantes comidas |
Las fotos también nos ayudan a mostrar cómo son
las cosas por acá. Por más que uno le hable horas y horas a otra persona resulta
súper difícil explicarle cómo es nuestra casa, la ciudad, la universidad, etc. En
cambio las fotos (y más aún los videos pero ese ya es un tema para otra nota)
tienen la maravilla de la incomparable visualidad. Así por ejemplo les podemos
mostrar a nuestras familias y amigos la particular forma de los envases de
leche o el milimétrico tamaño de las lechugas escocesas a las que bautizamos
como costinitas.
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| Dos por luca estas lechuguitas cagonas pero deliciosas |
Hablando por teléfono con mi papá me di cuenta
de lo significativas que son estas fotos. Para los que no saben mi papá es lo
menos tecnológico que hay. Tiene un celular del siglo XVI que solo lo contesta
y no revisa ni manda mensajes. Para qué hablar de internet. Con decirles que el
logro máximo fue enseñarle a usar el microondas. La cosa es que me di cuenta
que él no cachaba muchas de las cosas de aquí precisamente porque no ha visto
las fotos que ponemos en el Facebook o que le mandamos a los demás por Whatsapp.
Ahí se me ocurrió mandarle algunas fotos impresas para que las vea y se haga
una idea mejor de cómo son las cosas por estos lares. Todavía no le llegan pero
seguro será una bonita sorpresa.
Cuando recién llegamos le sacábamos fotos a
todo lo que veíamos. Era muy chistoso porque ahora aunque todavía no llevamos
ni seis meses acá, vemos esas primeras fotos y decimos: pfff las leseras.
Porque todo era nuevo, todo nos llamaba la atención. Ahora igual muchas cosas
nos llaman la atención pero son cosas distintas, y quizás en tres años más las
cosas de ahora nos van a parecer insignificantes, pero lo bonito de todo es tener
ese registro y poder mirar los recuerdos de hace cinco meses y los de muchos
años atrás y reconstruir un poco del trayecto.
Siempre me llama la atención cuando vemos gente
con las tremendas cámaras sacando fotos de sus vacaciones. Muchas veces
nosotros solo andamos con el celular y tomamos una que otra fotito mientras
otros despliegan sus mansos ni que lentes para retratar a una ardilla local o
los bellos castillos de la zona. En el fondo es porque las fotos son muy importantes para ellos y eso es notable. También hay gente que imprime sus fotos o al
menos una selección de ellas y en realidad es mucho más bonito que verlas del puro
computador. Al principio era un poco escéptico de eso pero cuando he visto
fotos impresas lo he encontrado pulento. Cuando visitamos a nuestros amigos
Carla y Daniel en junio sacamos hartas fotos. Tiempo después nos mandaron
algunas impresas por correo y fue muy lindo verlas y tenerlas. De hecho las
pusimos en cuadritos y esa fue la motivación para comprar más cuadritos en nuestra
feria como les conté anteriormente. El tema es que más allá de si es en el
celular o con una súper-cámara, las fotos tienen un valor muy grande y son de
esas cosas bonitas que tienen valor pero a la vez son insignificantes para el
que no las aprecia, lo cual las hace aún más bacanes.
Patricio Guzmán, el documentalista chileno,
dijo alguna vez que un país sin documentales es como una familia sin álbumes de
fotos. Yo no sé si llegaremos a tener álbumes de fotos o simplemente carpetas
en el computador pero siento que es una maravilla poder volver a esos lugares y
buscar entre todos los recuerdos que están ahí, tanto los propios como los
ajenos. El año pasado trabajamos en varios proyectos con la Eileen en que la
gente nos confió sus álbumes o sus fotos sueltas, en definitiva sus recuerdos,
su historia. Una noche que íbamos en un bus desde Coquimbo rumbo a Santiago, con
el álbum completo de Lucho Tirado, un pulentísimo músico de allá, pensé en la
tremenda responsabilidad que era andar con eso y en la aún más tremenda
generosidad de él al entregarnos sus fotos confiando en nosotros.
De esas hay muchas fotos hermosas,
emocionantes. También están las de Juan Manuel Sánchez, un actor de teatro
callejero del que habíamos sabido por la pura prensa escrita. Nos encontramos
con Ana María Montanté su amiga y compañera en la calle que andaba con sus
fotos y ahí recién le vimos la cara a Juan Manuel. Cada vez que me acuerdo me
estremece esa sensación. Hace poquito la Eileen me mostró otra foto, de unos
músicos chilenos de los años 20. Es un paseo de los músicos de un sindicato y ahí
están todos con sus familias y sus trajes posando para esa foto increíble. La
vi y me emocioné, me impactó esa posibilidad de entrar en un mundo, de
trasladarse a otro lugar.
Pero a veces pasa que no hay fotos de todo y
eso también tiene su encanto. Ahora que fuimos de paseo, conocimos a una pareja
que rápidamente se convirtieron en amigos. Fue algo bien potente y que nos dejó
pensando mucho. La cosa es que ahora cuando llegamos, revisamos las fotos y nos
dimos cuenta de que no nos sacamos ninguna con ellos. Estábamos tan preocupados
de conversar, de contarnos cosas, de reírnos y compartir que nadie se acordó de
sacar una foto. Y seguro está bien que así sea. Es bonito que algunas cosas se
queden al margen, solo como recuerdos que se atesoran pero que no son tangibles
en ninguna forma. También puede ser la excusa para juntarse de nuevo y sacarnos
alguna foto. ¿Quién sabe?



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