A los pocos días de que llegamos a las tierras
escocesas, nos enteramos que hay una especie de feria que se pone todos los
domingos y más que nada para curiosear decidimos ir a cachar el mote. Al poco
tiempo nuestra ida semanal a este lugar se ha convertido en una de esas rutinas
entretenidas. Le decimos feria porque no sabemos bien como decirle pero en
realidad es una especie de Persa Bio-Bio con algunas particularidades que paso
a deletrear.
El asunto queda en el cuarto subterráneo de un
edificio muy normal y moderno. Todos los domingos
desde muy temprano en la mañana la gente va en su auto, camioneta, furgón o cualquier medio
de transporte motorizado y arrienda un estacionamiento pero, a diferencia de
los otros días, ese arriendo le da derecho a vender sus cachureos como en un
persa. De acuerdo a nuestras pesquisas, esta es una costumbre común acá y hay toda una
organización de estas ventas de estacionamiento no solo en Escocia sino en todo
el Reino Unido.
Cada domingo, aunque tengamos mucha flojera o
nos levantemos tarde, nos apuramos en tomar desayuno y nos vamos rápidamente
para alcanzar a llegar aunque sea a lo último porque la cosa cierra a la 1 de
la tarde. Desde el mediodía más o menos ya hay gente en llamas rematando todo y
voceando sus ofertas aún más suculentas de lo suculentas que ya eran más
temprano. Y en realidad tiene lógica porque, según nos dijo una niña vendedora
a la que le metimos conversa, el precio que se paga para poder vender es 15
libras (La libra vale alrededor de 1000 pesos chilenos así que son 15 lucas
chilenas aproximadamente). Entonces si uno no ha vendido mucho sale pa atrás y
no conviene para nada bancarse toda la mañana ahí encerrado para perder plata
en lugar de ganar.
Cuando uno llega a la feria, luego de bajar por
el ascensor del estacionamiento hasta el cuarto subterráneo, lo primero que
llama la atención es el olor. Los estacionamientos en general tienen un olor raro
entre la humedad que albergan, los autos que se estacionan, el encierro y la subsuelitud donde se encuentran. Pero además hay que sumar el olor a cachureos que es bastante
particular. Por si fuera poco es necesario considerar que acá el europeo no es
muy bueno para bañarse así que el olor a humano es decisivo para la conformación del hedor general
que le da la bienvenida al visitante.
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| La feria por dentro |
Lo segundo que llama la atención es la diversidad
de cosas: Hay desde botones hasta computadores pasando por mucha ropa, plantas,
cámaras de video antiguas, bicicletas, instrumentos musicales, mapas, paraguas
y los cachureos más diversos que alguien podría imaginar. En general todo es
bastante barato y a eso se suma que normalmente uno le puede decir al socio o
socia que te haga una rebaja u ofrecerle un momto y negociar. Por otro lado
la cantidad y diversidad de gente es también notable: hay muchos escoceses que
se distinguen de inmediato por su pinta y su acento particular, y también muchos
migrantes como nosotros. Gente de las latitudes más lejanas: árabes, españoles,
gitanos, chinos y orientales varios, europeos del este (todos esos que hablan
unos idiomas indescifrables) además de alguno que otro latinoamericano. Así que
si uno pone atención puede deleitarse con un concierto de idiomas de todos
los orígenes conversando al mismo tiempo y preguntando cuánto valen los
paraguas o si le hacen una rebajita por comprar dos chalecos. Y esa es otra de
las maravillas que tiene este lugar. Todo es contacto humano, nada de máquinas
ni de tarjetas de crédito. Si quiere comprar lleve plata y ojalá monedas porque
nada que ver pagar un libro de 100 pesos con un billete de 20 lucas.
Nosotros por supuesto no hemos querido ser menos y hemos comprado algunas cosas que han sido todo un triunfo. Algunas ropas, un libro que fue todo un hallazgo porque yo lo quería hace tiempo y en Chile valía como 20 lucas y acá me costó como 200 pesos. La Eileen se compró un botón para su bolso, yo un atril para mi cámara. También una guitarra a precio módico y unas bellas plantitas para decorar nuestro balcón.
| Una petunia que compramos por módico precio |
En Santiago teníamos un tocadiscos y habíamos empezado
a comprar vinilos en el persa. Acá la tentación ha sido grande porque en la
feria hay muchos y a precios módicos pero no nos hemos querido meter en ese
mundo porque tendríamos que comprar un tocadiscos y probablemente se nos llenaría
la casa de vinilos que después sería difícil llevarse a Chile de vuelta.
Terminaría siendo la perdición así que lo hemos descartado al menos por ahora.
Decidimos un día que necesitábamos marcos para
poner fotos y afiches varios. Miramos en algunas tiendas y eran bastante caros.
Bueno, a nosotros casi todo nos parece caro así que tampoco hay que hacernos
mucho caso. El hecho es que un marco cualquiera para una imagen tamaño carta
valía desde 5 libras. Los de 5 eran por supuesto los más pencas y por uno más
bonito había que desembolsar 10 por lo menos. La cosa es que fuimos a la feria
y compramos 5 marcos por 5 libras. Una absoluta ganga. Los marcos están usados
claramente pero a quién le importa (A nosotros ciertamente no) así que ya
pusimos algunas fotos y le dimos más identidad a nuestro hogar.
Hay que decir que no todo ha sido triunfos en
nuestras andanzas por la feria. También hay un capítulo lamentable pero
memorable. Nos habíamos decidido a comprar una tele, o más bien un monitor
donde conectar el computador. Acá la tele de aire también se paga. Es como el cable
pero con pocos canales así que la descartamos. Pero eso no significa que no
veamos películas, documentales, series y otros varios, bajados de internet por
supuesto. Como ya estábamos aburridos de ver en el tamaño pequeño que ofrece la
pantalla del notebook dijimos: cómo no vamos a encontrar una pantalla barata en
la feria. Buscamos, buscamos y encontramos. Era como de 21 pulgadas (para
alguna gente eso es una miseria pero para nosotros es grande) estaba re buena,
se veía súper bien y tenía la conexión para el computador. La socia nos dijo
que estaba buena y le creímos. Llegamos a la casa con nuestra gloriosa compra,
la enchufamos, y anduvo perfectamente. Conectamos el computador y nada, absolutamente nada. Probamos adaptadores, cables varios y nada. Incluso fuimos
a comprar otro adaptador pero no hubo caso. Después me puse a buscar en
internet y llegué a unas notas donde tristemente informaban que justo ese modelo por
extraño que parezca tiene esa conexión que pareciera servir para computador pero en realidad no.
El problema fue: qué hacemos ahora con esta tele. Para
ver televisión de aire no nos sirve a menos que contratemos el servicio, pero
tampoco se la podíamos llevar de vuelta a la gringa porque la gente en la feria
no es siempre la misma, casi todos cambian salvo algunos pocos históricos que
se mantienen. Ahí se nos ocurrió una idea sensacional: llevarla a una especie
de tía rica que hay aquí. Son unas tiendas del bajo mundo donde compran y
venden artículos diversos. Ellos pagan una miseria y venden ahí mismo las cosas
(más caras por supuesto). Hay teles, guitarras, cámaras, de todo. Fuimos a
preguntar y el tipo nos dijo que sí, claro, tráigala no más e incluso nos comentó
que por una tele como la nuestra nos podían pagar alrededor de 20 libras, que
fue exactamente lo que nos costó. ¡Perfecto! dijimos. Nos deshacemos de la tele
y recuperamos la inversión. Llegamos a la casa, envolvimos la tele con una
bolsa de basura porque, como siempre, caían algunas gotas de lluvia, y
partimos. La maldita tele pesaba más que un elefante enyesado y la tienda no es
muy cerca que digamos por lo que nos demoramos bastante. Llegamos por fin, le
pasamos la tele al tipo y nos pide el control remoto. Hasta ahí no
más llegamos. -Sin control remoto no les puedo comprar la tele porque NADIE
quiere una tele sin control- (Curioso porque nosotros si la quisimos) De vuelta
con la tele indignados, caminamos un poco y pensamos que quizás era tiempo de
asumir la derrota, dar por perdida la plata y regalar la tele en unas tiendas
de caridad que hay acá. Dijimos ya, donémosla. Llegamos a la tienda y estaba
cerrada. No hubo caso, la tele era como una maldita lapa que se negaba a
despegarse de nosotros. La Eileen dijo que la pusiéramos en Ebay (que es una
página para vender cosas como mercadolibre para los que no la conocen) para ver
si alguien la quería. A mí no me tincaba mucho la idea pero por si acaso la
puse. Pasaron como tres días y un socio compró la tele. Aún recuerdo su nombre:
Lee Morris. El hombre quiso la tele, aún sin control y sin conexión a
computador (pues honradamente advertí de esos detalles a los posibles
compradores en el aviso). Pagó la tele así que se la enviamos por correo. Esa
fue otra eterna caminata hasta el correo pero no importaba nada porque por fin
nos deshacíamos de la famosa tele. Después ya cansados de tanto ajetreo televisivo
decidimos comprar un monitor nuevo y bakan que por supuesto tiene todas las
conexiones necesarias y funciona de las mil maravillas, pero no tiene el sabor
del riesgo y la oferta de la feria.
Más allá de los hallazgos y ofertones que uno
se puede encontrar, esta feria tiene algo muy indescriptible que tiene que ver
con el caos, con el desorden, con el ambiente que se genera en ese tipo de
lugares. Acá en general es todo tan ordenadito y pulcro que a veces desespera
un poco. La otra vez anunciaban con bombos y platillos la instalación de una
supuesta feria de artesanías y comida. Entusiasmados fuimos a ver y eran 4 puestos de artesanía
muy elegante y cuatro puestos de comida también elegante. Todo tan ordenado y
limpio que lo vuelve terriblemente fome. Nuestra feria es la demostración de
que no todo es orden y pulcritud primermundista. También es la prueba de que,
aunque no se ve tan rudamente, aquí también hay pobreza y la gente lleva sus
cosas para vender ciertamente por necesidad porque no es ningún panorama para
los vendedores estar a las 7 de la mañana un domingo con el frio que hace en
ese subterráneo y teniendo que pagar ese monto inicial que vuelve el asunto un
poco cuesta arriba. Incluso muchos llevan a sus niños que se quedan ahí durmiendo
en el auto o jugando por ahí entre los puestos. La pobreza tambien se nota en los compradores pues si bien hay quienes van a pasar el rato o a buscar chucherias, hay mucha gente que se nota que va en busca de cosas que necesita y se las ingenia buscando entre los montones de ropa u otras cosas de primera necesidad en lugar de comprar en una tienda.
Es decidor que todo este encuentro con la
realidad más real ocurra la mañana del domingo en el cuarto subterráneo de un
edificio que por fuera no aparenta en lo más mínimo ser lo que es, sino que se ve
como otro más de los elegantes lugares de esta urbe desarrollada. Solo un
pequeño cartel anuncia disimuladamente lo que ocurre bajo el suelo. Pero si uno
pasa por ahí a esa hora y mira con detención puede ver a las familias locales y
migrantes saliendo contentas del lugar con sus sabrosas compras.
Seguramente estas cosas son las que nos hacen
volver todos los domingos y llevar a nuestros invitados a ese panorama tan poco
glamoroso al lado de las maravillas arquitectónicas de Edimburgo. Quizás es
algo muy simple pero esa ida a la feria es como descubrir que las cosas no son
tan distintas aquí, que el primer mundo no es tan elegante como lo pintan, que ese
subterráneo azumagado es mucho más real que los jardines y castillos. En
definitiva es como sentirse un poco más en casa.

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