domingo, 12 de julio de 2015

¿Entendiste? No ¿y tú? Tampoco


Después de dar el examen de inglés y sacar un puntaje nada despreciable uno se imaginaría que el asunto del idioma no sería gran cosa en este viaje pero la verdad es que somos de lo peor. O sea, tampoco es que seamos lo peor pero nuestra comunicación es bastante precaria con el prójimo. Entendemos algunas cosas de las que nos hablan pero casi nunca todo, y para hablar definitivamente somos unos tarzanes.

Una de las paradojas de este asunto es que hay una disociación casi total entre las habilidades para leer, escuchar y hablar. Entonces a veces por ejemplo leo y entiendo todo entonces me siento como un Lord fumando pipa y leyendo a Shakespeare, pero a la hora de explicar lo que leí, o lo que pienso al respecto termino convertido en un tartamudo con dislalia que no articula una sola frase coherente.




También hemos ido descubriendo algunos vericuetos de la comunicación totalmente impensados como que hablar con una persona en vivo resulta mucho más fácil que por teléfono. Pucha que es difícil entenderle a alguien por teléfono. Entre que la gente habla rápido, de una forma más impersonal quizás, y además que uno se pierde toda la parte expresiva, corporal, visual del otro ser humano. La cosa es que las pocas veces que suena el teléfono o que he tenido que llamar a otros siempre es un momento álgido del día. Y como les había contado en el relato anterior, nuestra vida de estudiantes no está muy llena de aventuras o vértigos, así que este tipo de acontecimientos como una llamada telefónica o un encuentro casual se tornan apocalípticos.

Hay otro factor a considerar: A veces pasa que escuchamos a alguien hablar y le entendemos todo. En ese momento yo pienso: Sí, por fin estoy mejorando, mi nivel de inglés ha crecido, ya no soy tan pajarón, pero de pronto esa persona dice algo así como: “Durante mi infancia en California” y ahí caigo en razón. No es que yo haya mejorado sino que a los Estadounidenses les entendemos mucho mejor que a los ingleses o de otros lados. Hollywood, la CIA, la intervención cultural, las políticas del buen vecino, Roosevelt, Nixon, en definitiva las garras del imperialismo muestran su siniestra presencia hasta en estas anécdotas miserables. Aunque quisiéramos que no fuera así, estamos muy familiarizados con el inglés de EEUU. A los ingleses también les entendemos pero no tan claramente como a los gringos.



Ahora, los escoceses son todo un tema: tienen un acento terrorífico, es bonito a mí me gusta como suena, además le lleva su cantadito. Son como de Chiloé pero del hemisferio norte, pero pucha que cuesta entenderles. La otra vez estábamos en el seminario de Música Popular, y de acuerdo al programa le tocaba exponer a una de las niñas del curso. El tema era: La música en los trailers de las películas. Algo muy pero muy específico pero ya hablaremos de eso en otra ocasión. Yo le puse toda la atención del mundo porque bueno, a eso vinimos, además el tema era relativamente cercano a mis asuntos de música en el audiovisual, tenemos la misma profe guía, en fin… La niña empezó a hablar y no entendía nada, pero nada. Palabras sueltas de vez en cuando, pero nada articulable en oraciones ni menos en ideas. Lo que más me extrañaba era que no hablaba nunca de trailers. Habló harto. A ratos decía una palabra extraña, que yo no conocía. Sonaba algo así como “chersl” o más bien “swlr”. Como diez minutos después caché que ese vocablo incomprensible era Trailer.

Este es un caso bastante extremo en realidad, no se trata de que no entendamos nada a nadie. Lo interesante es justamente que uno pese a esas dificultades idiomáticas logre entablar una conversación con otra persona. Un día fuimos a un seminario a la U de la Eileen. Nosotros por supuesto éramos los nuevos y la gente fue súper amable. Nos empezaron a preguntar de dónde veníamos, qué estábamos estudiando, etc. Lo típico. De pronto vino un tipo y nos empieza a hablar con todo su acento escocés. Estaba muy entusiasmado porque algo conocía de Chile, su esposa trabajó mucho tiempo con exiliados chilenos y estaba bastante interiorizado de los avatares de nuestras tierras así que nos hablaba a toda velocidad y con mucho fervor. Yo entendía alrededor de un 50% de lo que decía, (siendo muy generoso conmigo mismo), pero igual tenía ganas de conversar con el hombre, que era un simpático y además muy entusiasta. A ratos se quedaba callado un segundo y mi único pensamiento era: ¿será que me está preguntando algo o solo es una pausa?, justo él seguía hablando, así que afortunadamente era solo una pausa.

A veces estas situaciones me desmoralizan un poco porque es fome no entender y no poder expresar claramente lo que uno piensa, pero un día conversando con un amigo chileno que estudia por acá, a quien considero una verdadera eminencia de la sabiduría mundial, nos contó que a él le pasaba lo mismo a veces y que incluso le ocurría esa gran duda de: “me estará haciendo una pregunta o solo es una pausa”. Cuando supe esto me quedé en una especie de limbo emocional: Por un lado dije, Excelente, entonces no soy tan penca después de todo porque si hasta a él le pasa, no tiene nada de malo que me pase a mí. Pero por otro lado, pensé tristemente: si le pasa a él, que ya lleva más tiempo en Reino Unido y que es un prócer al que no sé por qué razón los rusos no se lo han llevado todavía, no tengo ninguna esperanza de que me deje de pasar a mí.

Más allá de estos vaivenes emocionales del idioma, lo que me parece más llamativo es algo que ya veía venir cuando estudiaba para la prueba de inglés pero que acá se hace mucho más patente: No es necesario entenderlo todo para poder desenvolverse. Incluso en las reuniones de tesis con mis profes no entiendo absolutamente todo lo que me dicen pero sí cacho en términos generales qué me están diciendo o por donde va la cosa. Al menos hasta ahora no me han echado de la Universidad así que creo que vamos bien. Pese a las dificultades idiomáticas logramos arrendar un departamento, contratar un servicio de internet, comprar verduras y pedir rebaja en una especie de persa que se pone acá cerca, del que seguramente hablaremos en alguna ocasión, así que tan mal no estamos.

Lo que me parece más importante de toda esta cuestión sin importancia, es pensar que en realidad esto de “no entiendo todo pero igual cacho la idea” no opera solo cuando uno habla con alguien en un idioma que no es el propio, sino que todas nuestras relaciones humanas están repletas de eso. Durante los últimos tiempos que estábamos en nuestra larga y angosta patria mucha gente nos preguntaba por nuestros planes de viaje: si teníamos fecha de viaje, si ya estábamos listos, qué faltaba. Y como para colmo de males los trámites fueron especialmente demorosos siempre terminábamos explicando la situación y la demora de tal o cual papel. Pero a la siguiente visita o junta con la misma persona volvían a hacer la misma, pero la mismísima pregunta. Yo en algún momento, con mi clásico mal carácter me cansé de tanta pregunta insistente e incluso le propuse a la Eileen inventar una fecha. Decirle a todo el que preguntara: “nos vamos el 25 de marzo”, para que así no insistieran más. Pero más allá de esos detalles de la odiosidad, me pareció curioso lo poco que escuchamos a los otros. Si nos preguntaron un día y le explicamos todo en detalle, por qué a la semana siguiente preguntan lo mismo. ¿Será que no escucharon? ¿Será que no entendieron? ¿Será que después de la décima vez que lo explicaste todavía no lo entienden? O quizás simplemente la gente pregunta por cortesía y cuando uno le explica se les va la onda, o cierran sus fauces auditivas y se ponen a pensar en cosas más graciosas y divertidas que tú



Además de ser criticón y choreado con los demás he intentado hacer el terrible ejercicio de la autocrítica y me he dado cuenta que muchas veces yo tampoco escucho tanto al resto y, al igual que Homero en este video, mi mente viaja por otros senderos del conocimiento ancestral mientras el prójimo habla y habla sin parar.

En resumidas cuentas, entre las cosas que uno simplemente no entiende y las que se perdió porque se le fue la onda pensando en una bella canción o en la inmortalidad de los cangrejos, siempre quedarán algunos vacíos importantes. Lo importante quizás es lograr llenar con algo esos vacíos. Las personas que mejor logran eso son las madres. Como se sienten orgullosas de sus hijos y eso les hace perder mucho pudor, llenan los vacíos con información a su antojo y le ponen de su cosecha a toda historia, anécdota o comentario sobre sus retoños y retoñas. El tema de las madres merece sin duda un largo capítulo en este blog pero les contaré, a modo de canapé, una breve anécdota: Una amiga brasilera que es historiadora, se ganó el segundo premio en un concurso de ensayos que organizó una universidad chilena a propósito de los 40 años del Golpe de Estado. A mí esta sola información ya me parecía de lo más valiosa y digna de orgullo, pero su madre, no conforme con la realidad, les contó a todas sus amigas que su hija había ganado el primer puesto y que el premio se lo entregaría el mismísimo Presidente de Chile.

Finalmente me da la impresión de que todas estas anécdotas sobre el lenguaje y el entendimiento muestran que el asunto es mucho más simple y que pese a los vacíos informativos ya sea por no entender, por no conocer el idioma, o por las innumerables distracciones, el mundo igual sigue su curso y la gente viaja a otros países con los más diversos idiomas a hacer doctorados o negocios rentables. Es más, quizás eso es justamente lo que hace que la cosa funcione. A lo mejor si uno entendiera todo, absolutamente todo lo que el otro quiso decir, las cosas serían más fomes y perdería un poco el encanto y la aventura. En uno de sus escritos sobre la guerra revolucionaria cubana, el comandante Ernesto Guevara, más conocido como el Che, escribió una frase de una elocuencia fenomenal que decía algo así como: “de los que no entendieron bien también se hizo la revolución”. No es a pesar de que uno no entienda, sino quizás gracias a eso que el mundo gira y los procesos…  (ya se me fue la onda así que ustedes rellenen lo que va aquí)

FIN


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