domingo, 2 de agosto de 2015

El encuentro de dos mundos

A propósito de la visita del Javier (mi cuñado para los que no han tenido el placer) anduvimos paseando durante una semana. Además de conversar, comer, y reírnos mucho, fue la ocasión de mostrarle un poco del lugar donde vivimos y las cosas que hemos ido descubriendo de estos parajes

Por si fuera poco, emprendimos un pequeño viaje hacia el norte de Escocia así que conocimos hartos lugares nuevos y caminamos más que el camarógrafo de Kung Fu. Nuestro paseo al norte nos dejó algunas papitas acerca de las particularidades de Escocia y algunas diferencias que en realidad no son tan grandiosas pero como a nosotros todo nos llama la atención, nos parecen entretenidas. Partimos nuestro viaje con un verdadero encuentro de civilizaciones. Algo así como La misión pero con menos presupuesto. Habíamos comprado pasajes de bus a un precio formidable, considerando que estábamos en temporada ultra alta y que la compra no fue con mucha anticipación. El bus salía a las 8:27 am en el terminal que está groseramente cerca de nuestra casa, como casi todo en esta ciudad. La cosa es que entre que nos dormimos tarde, que la flojera de levantarse temprano, que nos habíamos olvidado de imprimir los pasajes, y las innumerables demoras que pueden experimentar tres seres en plan de paseo, salimos como a las 8:15 rumbo al terminal. Pese a estar bastante justos en el tiempo, no nos fuimos a toda velocidad. Solo caminamos rápido. Después de esperar eternamente en algunos semáforos, ya con los nervios de punta, entramos al terminal corriendo y llegamos justo cuando el bus se iba. En un gesto muy chileno, más que nada por instinto, corrí hacia el bus haciéndole una seña al chofer para que no se fuera, pero rápidamente vino un guardia y me dijo que me corriera, que no podía estar en la pista de buses. Paralelamente el chofer me hacía un gesto negativo con franca expresión de molestia.


Nos devolvimos derrotados y sin siquiera la posibilidad de pedirle a alguna señora benevolente del mesón de atención que nos cambiara el pasaje o nos hiciera un descuento para otro. La razón de esto es que sencillamente no hay mesón de la empresa en el terminal. Los pasajes se compran por internet y si tienes algún problema te cociste no más. Así que así mismo nos devolvimos para la casa derrotados por la puntualidad del primer mundo y con la lección de que llegar justo a la hora no significa lograrlo. El bus salió justo a las 8:27, momento en que nosotros llegamos pero ya era tarde. Más tristes que un tango, volvimos a la casa a comprar nuevos pasajes, que por supuesto costaron el doble que los baratísimos que habíamos conseguido originalmente.

Luego de este breve traspié, tomamos el siguiente bus que salía a las 10:30. Por supuesto que 10 minutos antes ya estábamos arriba del bus con nuestro cocaví, listos para emprender el largo viaje que nos esperaba. Allí descubrimos otra de las particularidades de Escocia y que quizás es extensible a otros lugares del Reino Unido: Los buses son una verdadera caca. Ni siquiera el marginal Turbus entre Santiago y el litoral central es tan penca como este bus que tomamos. Incómodo, chicos los asientos y además el chofer frenaba brusco todo el rato. Quedamos mareados de tanta vuelta y anhelamos el tren que es mucho más pulento. A la vuelta nos vinimos en tren y fue ciertamente más cómodo y bakan.

Otra cosa particular es que el promedio de edad en el bus era de aproximadamente 75 años. Puros tatitas y nosotros (que también somos bastante tatitas pero en términos legales solamente tenemos treinta y tantos) Desde allí descubrimos que este paseo que emprendíamos no era lo más taquillero y juvenil. Los jóvenes escoceses probablemente van a lugares más onderos donde está todo pasando pero por supuesto no tenemos ni idea cuáles serán esos lugares. Nos imaginamos que van a playas veraniegas y soleadas. Así que ahí íbamos, como los ancianos que somos rodeados de nuestros pares.

El norte de Escocia es realmente grande. Nosotros llegamos a una ciudad que se llama Inverness que es un punto de llegada y de ahí parten buses locales hacia todos los lugares más remotos y bonitos. Lo más curioso es que todos estos bellos paisajes nos recordaban muchísimo el sur de Chile. Es terrible parecido a Chiloé. Alguien podrá decir: si claro, nostálgicos de su patria, pero dos personas han corroborado nuestra teoría: nuestro amigo de Islandia y nuestro vecino que es biólogo. Los dos nos comentaron en distintas ocasiones que la similitud era muy razonable porque el norte de Escocia e Islandia están en una altitud bastante similar y que eso podría generar las similitudes. Lo más loco vino después cuando subimos fotos de nuestro paseo y Facebook nos sugería que las fotos eran de Chiloé. Así que sí hasta don Facebook se confundió por algo ha de ser.


En el marco de estos paseos, a diferencia de nuestra cotidianeidad en la que casi siempre comemos en nuestra casa, fuimos a varios restaurantes a almorzar. Llegábamos por supuesto con un manso ni que diente y pedíamos algo para comer pero traían única y exclusivamente lo que pedíamos. Nunca llegó un pancito, una mantequilla, ni mucho menos un pebre para entretenerse mientras se hacían los platos. Ahí empezamos a notar esta lamentable diferencia: aquí no te traen ni un maní extra. Quizás fuimos a lugares no tan elegantes, donde la cosa puede ser distinta, aunque no lo sabemos. Lo único cierto es que fuimos a varios lugares, de diversas calañas y en ninguno nos ofrecieron nada. Hay que consignar que hasta en el tugurio más maloliente y marginal en el rincón más remoto de nuestro país, te dan aunque sea un pan helado con mantequilla vieja o un pebre truculento reciclado por los siglos de los siglos, pero un pebre al fin y al cabo.  

El tema de la automatización es otra de las cosas sabrosas de estos lugares. Como decía antes, en el terminal no había un lugar donde ir a reclamar. Había de otra empresa pero no de la nuestra. En el supermercado pasa algo muy parecido. En general hay un puro cajero o cajera y el resto son puros cajeros automáticos. Ahí uno tiene que pasar sus cosas por la maquinita del código de barra y luego pagar tal como cuando uno compra una lata de bebida en el metro santiaguino. Es de lo más gracioso porque estos cajeros virtuales no solo te cobran y pesan lo que te estás llevando sino que además hablan. Con una voz femenina y una muy neutra pronunciación del inglés te invita a marcar tus compras, pagar con tarjeta o efectivo e incluso te alerta cuando marcas algo y no lo pones rápidamente en la pesa. Nosotros al principio nos poníamos mega nerviosos con esta máquina y afloraba todo nuestro glorioso tercermundismo pensando que la cuestión podía tener algún problema o no sé qué. En realidad no había algo objetivo a lo cual temerle, pero nos poníamos nerviosos. Ahora se nos ha ido quitando y ya nos hemos acostumbrado a comprar así más impersonalmente. También nos causa gracia el tono de la señora que está encerrada adentro de la máquina así que hablamos como ella, la imitamos y nos reímos. Por supuesto los otros clientes, para quienes la máquina no tiene ni una gracia nos miran con cara rara pero poco importa. Hace un par de días, fuimos al súper y la voz ya no era la misma. Ahora era un tono de hombre, el típico tono de gringo buena onda. Probablemente la señora se liberó de ese terrible encierro en que se encontraba y fue reemplazada por un joven que si bien es simpático no tiene el mismo carisma, seguramente por su inexperiencia.



Este vínculo, entre las máquinas y los humanos, tiene otro importante aterrizaje en el mundo de la música, específicamente en la batucada. Habíamos tenido la ocasión de ver una un día en una plaza. Sonaba bastante raro. Al principio no sabíamos por qué pero después cachamos. Estos gringos tienen menos ritmo que una gotera. Yo no soy un conocedor de las batucadas pero en Chile cualquier grupo de batuqueros toca una variedad de ritmos sabrosos que entusiasma o al menos llama la atención de quien los observa. Si bien no somos los más festivos ni sandungueros del continente, la batucada chilena, muy influida por los ritmos de Brasil, tiene un indudable sabor y festividad. Acá pasa todo lo contrario. La batucada es mega pero mega cuadrada. Tocan unos ritmos rarísimos y muy pero muy tiesos. Justo cuando llegó el cuñado había una especie de desfile-carnaval porque se inauguraba el Festival de Jazz de Edimburgo que es todo un acontecimiento. Asi que fuimos a cachar el mote y nos encontramos con un par de batucadas oriundas de la zona que nos permitieron comprobar la extrema tiesés y seriedad de sus ritmos. La Eileen es de la idea de que alguien escribe las partes planificada y doctamente y eso contribuye a que la cosa sea tan cuadrada. Igual por más que esté escrito podría no sonar tan fome pero este no es el caso. Así que si un día se encuentra por Escocia y alguien lo invita a ver una batucada, piénselo dos veces mire que hasta la banda militar que hace el cambio de guardia en La Moneda tiene más ritmo. 

Otro encuentro misterioso con las máquinas ha sido el del cajero automático. Primero que todo tuvimos que buscar en internet cómo se llaman, porque jamás habíamos pensado que esas máquinas también tenían nombre. Superada esta dificultad, empezamos a frecuentar cajeros. La verdad son de lo más normales, iguales que cualquier cajero conocido por nosotros. La gran diferencia está en su ubicación. Están en la calle, a la pasada, afuera del supermercado u otro lugar pero la mayoría no están en un lugar cerrado ni protegido con nada, sino ahí en la calle a vista y paciencia de todos los perejiles que pasan. Por supuesto al principio eso nos puso muy nerviosos y cuando sacábamos plata nos tapábamos y guardábamos la plata rápido mega urgidos de este nivel de exposición. Después hemos ido cachando que todo el mundo saca plata y nadie se urge, pero no deja de ser raro.

Pese a este inmoral exhibicionismo de los cajeros, hay algunas cosas positivas en este país. Una de las más grandiosas es que el correo funciona. Para alguien que, como yo, está aún esperando que le devuelvan la plata de unos libros que mandó hace como un año en Chile y que Correos de Chile simplemente perdió, esto es todo un triunfo. Hemos comprado las cosas más diversas por correo y siempre llegan bakan y puntualmente. El otro día compré un atril para poner el theremin. Llegó por correo por supuesto. Lamentablemente no caché que la medida era distinta a la del theremin, así que necesitaba un adaptador. Una tuerquita miserable pero fundamental para poder usar el atril. Ya empoderado, en el fundimiento absoluto, compré la tuerquita por internet y me llegó por correo un par de días después. Cuando son cosas grandes el cartero golpea la puerta y te entrega tu envío pero cuando son cosas más pequeñas simplemente las tira por la rendija de la puerta que está hecha especialmente para esos menesteres. Como la cuestión es de metal suena bastante entonces cuando llega algo siempre hay un estruendo entre ese metal y el objeto que cae al suelo. Como nuestra vida social no es muy agitada, estos envíos nos ponen muy contentos y corremos a la puerta a ver qué llegó.

Así que ya sabe: si nos envía algo nos va a hacer muy felices y vamos a poder seguir escribiendo estas tonteras que a nadie le importan pero que por simples algo tienen de entretenidas ¿o no? 

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