sábado, 4 de julio de 2015

Holas

El otro día conversaba a la distancia con un amigo a propósito de un mail gracioso que me llegó. El asunto era de lo más común y corriente  pero a él lo motivó para pensar un montón de cosas. Me contó que había tenido una pequeña pelea con una persona y varias cosas más de sus pensamientos tanto así que incluso se sorprendió de que mi mail lo hubiera motivado a hablar tanta cosa sobre la inmortalidad del cangrejo y qué se yo.

Yo me quedé pensando en que a mí me pasa parecido. Esa ha sido una de las cosas que ha tenido este viaje. No sé si es el exceso de tiempo, la distancia, la diferencia de idioma, el clima, o quizás todo eso junto y mezclado con hartas emociones y sensaciones miles pero el hecho es que acá lo que más hay es tiempo para pensar en cosas que a lo mejor en otro momento no pensaría tanto. No se trata de que uno se convierta en un tipo serio y reflexivo, sino que como diríamos coloquialmente, uno se pone a pensar weás.  

Porque la verdad, hay que decir que estudiar un doctorado, al menos el que estoy haciendo yo, es la cosa más aburrida y monótona del mundo. No significa que no me guste o que no esté motivado, al contrario, me gusta mucho y me resulta entretenido, pero hay que reconocer que es algo bastante poco aventurero y salvaje. Uno se levanta y lee, después lee otro poco, después quizás escribe algo, y después lee más, y así días y días. El mayor vértigo, (una palabra exageradísima para describir la situación) es la reunión mensual con las profes guías en las que ellas comentan lo que he escrito durante el mes. En fin, la cosa es que toda esta calma y quietud contribuyen a que a uno le llamen la atención las cosas más pequeñas, sobre todo si uno ya tiene cierta afición a fijarse en leseras, y por si fuera poco nuestras diferencias culturales y de lenguaje con las personas de acá acentúan todo a un punto fenomenalmente brígido.

Como soy un invitado a este blog, quería aprovechar de saludar con este primer posteo. Y el saludo precisamente es una de las cosas que me ha llamado mucho la atención acá y que me ha hecho pensar y acordarme de hartas cosas. En diciembre de 2013 le escribí a una profesora porque quería que ella fuese mi profe guía en el doctorado. Ella aceptó y empezó así un proceso larguísimo en el que postulé a la universidad, a la beca, hice 537.932 trámites, di la maldita prueba de inglés, tomé clases para darla, pedimos la visa, nos casamos con la Eileen y un largo etcétera. 

La profe siempre fue muy amable y dispuesta a ayudarme. Incluso en algún momento trató de interceder para que me aceptaran con menos puntaje de inglés porque me faltaba solo un pelo para alcanzar el nivel requerido. La cosa es que yo, sin conocerla en vivo y en directo, ya le tenía una tremenda buena onda. Llegamos acá en marzo de 2015, o sea un año tres meses después de la primera comunicación y le escribo un nuevo correo diciendo que ya estoy acá. Quedamos de encontrarnos en la U a propósito de un seminario para conocernos. Llego al lugar, la profe me ve, me saluda muy amable y me da la mano. Yo ya sabía que no me iba a dar un abrazo, ni menos un beso, porque acá la cosa no es así corporalmente, pero mi sensación era de que algo faltaba. En realidad quería puro abrazar a la profe y hacerle un coscorrón mientras gritaba: eh eh eh, por fin conchetumare!!!!!! Pero eso por supuesto no ocurrió.


Yo entiendo que las costumbres y los modos son diferentes, de hecho me cargan esos comentarios del tipo “puta los gringos que son fríos, ni te saludan”, porque finalmente eso demuestra que nuestros modos o hábitos no son universales y que las cosas no son correctas de una u otra forma no más. Lo que me llama la atención es mi propia necesidad, mi sensación corporal de que algo falta. Eso me parece sabroso y misterioso porque no es una cosa racional o del prejuicio sino que es algo que tenemos tan instalado que nos genera una suerte de chiripiolca física y emocional cuando no ocurre.

Lo peor es que después, en las reuniones que tenemos una vez al mes con la profe, ella solamente me saluda con un “hola”, muy amable en su tono pero ni siquiera me da la mano. (Ya descubrimos que la mano es solo para cuando uno se conoce, después nada) Ahí ya mi cuerpo se empieza a balancear de incomodidad, me doblo las manos, me subo las mangas del polerón, tomo mi cuaderno, acomodo mi mochila, vuelvo a tomarme las mangas, pero la conversación parte así sin más. Es como si uno no aplaudiera al final de un espectáculo o si los testigos de Jehova se comieran la comida sin agradecer al todopoderoso. Al despedirse lo mismo, que te vaya bien, nos vemos el próximo mes y listo. Desaparece.

Una situación muy particular ocurre con mi segunda supervisora. Lo divertido es que ella aunque es inglesa, habla muy bien español y es una especie de militante latinoamericanista. Las veces que nos hemos visto, en general me ha hablado en español y al final siempre se ha despedido con un beso, muy latinoamericanamente. Por supuesto que eso me hace sentir mucho más cómodo y me puedo ir a la casa sabiendo que la reunión efectivamente se terminó y no con la sensación que de pronto todos se fueron y yo no me enteré. 

Lo más loco pasó un día que terminamos la reunión y esta profe, a diferencia de las otras veces me siguió hablando en inglés. Me comentó algo muy amable, incluso dijo que nos invitaría a su casa a echar la talla un día y de pronto dijo: bueno, yo voy por allá, chao. Y se fue no más. Al principio no entendí qué había pasado, qué fue lo distinto. A lo mejor se enojó, pero no, se veía muy contenta. Lo distinto fue que estaba hablando en inglés. En el fondo, el idioma que habla la condiciona a su comportamiento corporal. Las otras veces como me hablaba en español, se despedía con un beso, pero ahora como habló en inglés se fue no más. Esto me pareció un descubrimiento fenomenal. En el fondo el lenguaje está en una conexión tan grande con el comportamiento corporal que al manejar dos idiomas puede ocurrir este tipo de situaciones dislocadas. (Toda esta situación del idioma y sus corporalidades da para seguir indagando muchísimo y se me ocurren muchas cosas que contar pero habrá que hacerlo en otro posteo porque si no éste se nos arranca de las manos)

La cosa es que el tema de los saludos me parece de lo más curioso y al parecer no es algo que me preocupe solo a mí. Un día que fuimos a un evento social tuvimos la oportunidad de ver mucho de esto. La gente llega y se habla no más. Incluso llegó un socio, que después supimos era del norte de Inglaterra, justamente pelando el cable con esa falta de saludamiento de los ingleses. Propuso a modo de chiste saludarse y despedirse más afectuosamente, con un abrazo y dándose la mano. Yo pensé: ojalá que alguna vez vaya a Argentina y todos los hombres y mujeres lo besuqueen para que vea lo que es la afectuosidad corporal latinoamericana en su máximo esplendor.

Al final de ese evento estuvimos conversando harto rato con una pareja de alemanes que eran muy simpáticos. Les contamos hartas cosas y ellos a nosotros, nos reímos, pelamos un poco a los ingleses y todo muy bien. De un momento a otro decidieron irse y no los vimos más. Mi cortocircuito corporal nuevamente entró en acción. Sabía que por conversar un par de horas no nos iban a dar un abrazo ni mucho menos, pero al menos que nos dijeran “chao, que les vaya bien” o algo así. Pero una vez más quedamos en esa extrañeza que da cuando eso que para uno es tan cotidiano y lógico para otros no lo es. O a lo mejor simplemente se trata de que cuando era chico mi mamá todo el tiempo me decía: "diga chao" para que yo aprendiera los modales y costumbres de la sociedad y los demás no pensaran que su hijo era una especie de macaco desadaptado que no sabía relacionarse con los humanos. 

Después de todas estas peripecias que ocurren con otros seres, como muchas veces nos pasa, nos acordamos de un poema de Mauricio Redolés. Se los dejo acá a modo de despedida y a propósito de holas y chaos. Espero seguir escribiéndoles sobre temas tan interesantes y trascendentales como el de hoy. Chao pescao!


2 comentarios :

Unknown dijo...

¡Muy entretenido post! Yo acá en los niuyores una vez tuve una conversación divertida al respecto. Estábamos un grupo de gente de diferentes rincones del mundo, y el tema de los saludos y el espacio corporal salió a colación, y obviamente con los latinoamericanos empezamos a quejarnos justamente de la frialdad gringa y la sensación extraña de no poder abrazar o besar a la gente, y un chico que no me recuerdo exactamente de que país era, pero era un país nórdico, nos mira sorprendido, expresando su total incomprensión ya que para él los gringos eran unos completos toquetones. ¡Chan! Así con las diferencias culturales, ¡sigan escribiendo que está bueno!

carla dijo...

Después de tu Post puedo decir, Viva Berlin! Viva la juventud! jaja porque los alemanes te saludan con la mano, claro la primera vez y dps a mi me ha pasado que me abrazan, o yo los abrazo, o nos abrazamos... igual me quedé pensando, y me parece que eso pasa más con la gente joven... nuestros amigos, que en su mayoría son todavía estudiantes, te abrazan (aunque hay que reconocer que hay tipos y tipos de abrazos... hay unas personas tan tiesas hasta para abrazar jaja y que de verdad creo que sufren al darte el abrazo) Y también están los berlineses que han estado en latinoámerica, o que han tenido parejas latinoámericanas, que han conocido latinos, o que simplemente son fans de latinoámerica... esos te toquetean, te dan dos besos (me cargan los dos besos!) Y también están los turcos, o alemanes con raíces turcas, o gente con historia migratoria... esos te abrazan, te besuquean, te agarran pal hueveo! Me imagino que en otros lados de alemania es otra weá, y peor allá en Edinbrá! Yo creo que deberían empezar a abarazarlos uds. Yo a la gente la abrazo, se incomodan, pero yo les digo que es mi costumbre, que no lo puedo controlar, que me hace falta jajaja
Sigan escribiendo!!!
Abrazos y besos y diga chao... de carla watching

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