domingo, 17 de enero de 2016

Breves impresiones de los ires y venires

Después de nueve meses volvimos a Chile, de sorpresa, de visita, de navidad y también –con la locura de siempre– a trabajar en varias cosas a la vez. Fueron solamente tres semanas, pero como los días estaban siendo bastante largos en el hemisferio sur, aprovechamos a concho el tiempo. Aunque no alcancé a hacer todo lo que en mi optimista imaginación había planeado, ni tampoco alcancé a ver a todas las personas que hubiese querido, sí fue un viaje muy intenso y lleno de cosas.

Debo decir que el elemento sorpresa le dio un mejor sabor a todo, porque como (casi) nadie sabía que íbamos, no había expectativa alguna sobre nuestra estadía en Chilito, así que no hubo espacio para reclamos ni sobredemandas. Nadie sabía, excepto los cómplices y gestores para que la sorpresa resultara, mi hermano Javi y mi cuñada Berni Hope, a quienes aprovecho de agradecer tanto nervio y apretón de guata para que el viaje fuera realmente sorpresa.

Los nervios que suelo sentir antes de viajar, estaban bastante minimizados, por la pura sensación de que iba a un lugar que conozco muy bien y que por lo mismo, me siento segura. Las preocupaciones que suelo tener sobre los asuntos de aeropuerto, seguridad, pasaporte, clima, y demases, simplemente no estaban. Sólo estaba el nervio de que al fin iba a ver a las personas que más echaba de menos, pero claro, era un nervio rico, no una cosa terrible. Estaba contenta, y aunque el viaje aunque fue tremendamente largo, no se sintió tanto. Llegamos cansados, pero felices y con un sol que encandilaba.

También debo decir que, aunque suene poco sensible de mi parte, la verdad es que yo me había hecho la idea de ir a Chile en abril, luego de un año viviendo aquí y no antes. Pero las cosas se dieron de tal modo, que además de querer ir a presentar el proyecto en el que trabajamos durante el año con mi compadre Molina, apareció una oferta casi milagrosa de pasajes, así que la motivación se concretó rápidamente. Con esto quiero decir yo no echaba de menos muchas cosas de Chile, y que estaba (estoy) bien contenta viviendo acá. No fue para un viaje desesperado en las emociones del reencuentro con la patria, porque casi todos esos asuntos imaginados de volver a la tierra de uno, de echar de menos la Cordillera de Los Andes, y emocionarse con el sabor de la uva y el olor del cilantro, no son más que puro cliché.


No echaba de menos nada de eso, ni me importó mucho ver la cordillera. Lo único que echaba de menos (y que sigo extrañando) es a las personas, mis hermanos, cuñadas, mis papás, la familia del Martín, mis amigos y amigas. Bueno, también echaba mucho de menos la comida peruana, el sushi, los churrascos italianos y las humitas. Todo lo demás, ¡patrañas!

Pasó también que hacía mucho calor. Mucho para ser diciembre, y sobre todo habiéndome aclimatado ya a las bajas temperaturas de este hemisferio. Por poner un ejemplo, la temperatura mínima que hacía en Santiago era la máxima que hacía acá en verano. Bueno, el cuerpecito se resintió un poco con tanto cambio, pero aguantó bien. También debo reconocer que subí varios kilos de tanto cariño, churrasco, sushi y lomo saltado.

Dentro de las impresiones más ridículas de este viaje, y que fue un descubrimiento en mi inexperiencia de viajar a Chile después de casi un año de vivir lejos, fue algo así como el síndrome de creer que todos eran mis amigos. Los primeros días parecía paranoica dándome vuelta cada vez que escuchaba a alguien hablar en chileno en cualquier lugar público. En el supermercado, en la calle, en el metro, escuchaba la entonación cantadita chilena y me daba vuelta a mirar quién era, porque en alguna parte de mi cerebro se incrustó la costumbre de que en este pueblo llamado Edimburgo, cuando escuchamos hablar en chileno o es alguien conocido, o alguien por conocer. Pero claro, en Santiago, con 6 millones de habitantes, difícilmente iba a conocer a todas las personas que hablan en chileno. Después de que lo verbalicé, y me di cuenta que al Martín le pasaba lo mismo, se me fue quitando este reflejo de la idea imaginada de que todos los que hablaban como yo, eran mis conocidos.

Obviamente el sol es otro elemento a considerar en este recuento de impresiones. Además de la extensión de la luz del día –y la inevitable comparación con lo corto que estaban siendo los días aquí–, la cantidad de luz y la potencia del sol fueron otro asunto impresionante. Gracias a los regalos y consejos de mi querida prima y socia Alejandra, dermatóloga empoderada de su profesión, no salí jamás sin ponerme protector solar en cada parte visible de mi cuerpo. También, a pesar de lo cansada, desperté todos los días de madrugada porque el sol pegaba fuerte en la ventana. Luego de varios días de andar con sueño, decidí hacer uso del antifaz que regalan en el avión, así que, a pesar del ridículo parecido con esas señoras que se ponen pedazos de pepino en los ojos, dormí sensacional.

Ahora pasando a las impresiones más interesantes, y que me dejaron con pensamientos revoloteados, lo primero es que me sentí muy querida y bienvenida por mi familia y mis amigos. Me dio mucho gusto y alegría ver a mis amigos tan bien (claro, a los que alcancé a ver, a los que no vi, lamento no tener idea cómo están). A los que vi, con alguno que otro problema, como todos, pero en general felices, haciendo cosas interesantes y que los hacen felices.

Me puso muy contenta sentir que la distancia geográfica no necesariamente significa la separación ni el alejamiento con las personas que uno quiere. Fue lo máximo poder reírse de las mismas cosas, conversar y discutir horas y horas. Pensé muchas cosas en relación a ello, una es que las amistades se construyen en base al cariño, la atención y la acción. Mantener la cotidianidad no es algo que ocurra solo, hay que hacerlo y ponerle empeño, y me sentí muy agradecida de mis amigos que han puesto ese empeño para que después de casi un año sin vernos ni olernos pudiéramos sentarnos a conversar como si nada hubiera pasado.

Pero sí que muchas cosas habían pasado, tanto aquí como allá. Entonces pensé que, aunque la cotidianidad y el cariño se mantengan, hay cosas que realmente no se pueden contar, aunque una las cuente, no se logran captar tal como una las vivió. Por una parte, creo que eso lleva a tomar una opción muy sana, que es sintetizar y optar por lo más más relevante y dejar fuera todos los detalles que acompañan pero que no sirven realmente. El tiempo se hace poco, y las personas también nos aburrimos de tanto pormenor. En buen chileno, ir al meollo del asunto, y lo demás chao pescao.

Creo que esto tiene que ver también con algo que he ido aprendiendo aquí, tanto por el idioma, por esta otra manera de escribir, como por el tipo de relaciones que se establecen en la lejanía. En inglés las frases son más cortas, más directas. Pero como el lenguaje y la cultura van juntos, también las personas son un poco así. No hay que darles mucho la lata porque se pierden con tanto, y sobre todo con el nivel de inglés de una, conviene ser breve y directa y no darle tanta vuelta a las cosas. También me ha pasado con los nuevos amigos chilenos y de otras latinidades, que aunque hablemos en castellano, hay como una especie de apuro en hacerse amigos, entonces poca cosa se cuenta y se agarra cariño altiro. Es como que de aquí para adelante, da un poco lo mismo de dónde venimos, qué hemos hecho y qué no.

También me pasó que sentí más ganas de escuchar a los demás que hablar yo. Bueno, el primer y segundo día hablé como loro, y a toda velocidad. La ansiedad y la contentitud de estar con mis personas queridas tenían a mi cerebro emitiendo palabras más rápido de lo que mi boca era capaz de articular. Pero después me calmé y encontré más interesante escuchar que hablar. Sí tenía cosas que contar, pero también me daba un poco de lata repetir las mismas cosas y armar una especie de discurso pre-armado para cuando preguntaban cosas como cómo te ha ido, hace mucho frío, es muy difícil, qué onda la universidad, y etc.

Creo que me pasó lo que el sabio de mi hermano Rodrigo me comentó tiempo antes, justo antes de mi primer día de universidad. Las palabras exactas me las guardo para mí, pero me habló sobre la “vida contemplativa” que iría de la mano con esta nueva etapa, el doctorado, que aunque sabemos que no quita lo tarado, es cierto que de alguna manera me ha ido llevando por caminos inciertos, que me atrapan, me llenan de preguntas, de ideas y pensamientos, y que sin engrupirme demasiado, creo que algo de eso es lo que me está pasando y me hace mirar, escuchar, contemplar más que hablar.

Y para terminar este recuento de impresiones, pasó lo que las abuelitas dicen que es “hallarse” en un lugar: fue más un viaje de vacaciones que un volver a casa. Aunque casi todos mis amigos y familia viven allá, ahora mi casa está acá. Sin querer darle un tono dramático sino que simplemente concreto, allá no tengo casa. Tengo a mi familia que me recibe con los brazos abiertos, muchos amigos, bellas personas que me quieren mucho y que quiero mucho también, pero no tengo casa.

Después de tres semanas en Chile, volví a mi casa de aquí y de ahora, repleta de cariño, de alegría y también de comida rica. Aquí también tenía amigos que me estaban esperando y que eché de menos estando en Chile. De pronto el mundo empieza a abrirse en dos y hay dos casas, dos familias, dos cariños, dos “hallarse”.

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