Después de nueve meses volvimos a Chile, de sorpresa, de visita, de navidad
y también –con la locura de siempre– a trabajar en varias cosas a la vez. Fueron
solamente tres semanas, pero como los días estaban siendo bastante largos en el
hemisferio sur, aprovechamos a concho el tiempo. Aunque no alcancé a hacer
todo lo que en mi optimista imaginación había planeado, ni tampoco alcancé a
ver a todas las personas que hubiese querido, sí fue un viaje muy intenso y lleno de cosas.
Debo decir que el elemento sorpresa le dio un mejor sabor a todo, porque
como (casi) nadie sabía que íbamos, no había expectativa alguna sobre nuestra
estadía en Chilito, así que no hubo espacio para reclamos ni sobredemandas. Nadie
sabía, excepto los cómplices y gestores para que la sorpresa resultara, mi
hermano Javi y mi cuñada Berni Hope, a quienes aprovecho de agradecer tanto nervio
y apretón de guata para que el viaje fuera realmente sorpresa.
Los nervios que suelo sentir antes de viajar, estaban bastante minimizados,
por la pura sensación de que iba a un lugar que conozco muy bien y que por lo
mismo, me siento segura. Las preocupaciones que suelo tener sobre los asuntos de
aeropuerto, seguridad, pasaporte, clima, y demases, simplemente no estaban. Sólo
estaba el nervio de que al fin iba a ver a las personas que más echaba de
menos, pero claro, era un nervio rico, no una cosa terrible. Estaba contenta, y
aunque el viaje aunque fue tremendamente largo, no se sintió tanto. Llegamos cansados,
pero felices y con un sol que encandilaba.
También debo decir que, aunque suene poco sensible de mi parte, la verdad
es que yo me había hecho la idea de ir a Chile en abril, luego de un
año viviendo aquí y no antes. Pero las cosas se dieron de tal modo, que además
de querer ir a presentar el proyecto en el que trabajamos durante el año con mi
compadre Molina, apareció una oferta casi milagrosa de pasajes, así que la
motivación se concretó rápidamente. Con esto quiero decir yo no echaba de menos
muchas cosas de Chile, y que estaba (estoy) bien contenta viviendo acá. No fue para
un viaje desesperado en las emociones del reencuentro con la patria, porque casi
todos esos asuntos imaginados de volver a la tierra de uno, de echar de menos
la Cordillera de Los Andes, y emocionarse con el sabor de la uva y el olor del
cilantro, no son más que puro cliché.
No echaba de menos nada de eso, ni me importó mucho ver la cordillera. Lo
único que echaba de menos (y que sigo extrañando) es a las personas, mis
hermanos, cuñadas, mis papás, la familia del Martín, mis amigos y amigas. Bueno, también
echaba mucho de menos la comida peruana, el sushi, los churrascos italianos y las
humitas. Todo lo demás, ¡patrañas!
Pasó también que hacía mucho calor. Mucho para ser diciembre, y sobre
todo habiéndome aclimatado ya a las bajas temperaturas de este hemisferio. Por poner
un ejemplo, la temperatura mínima que hacía en Santiago era la
máxima que hacía acá en verano. Bueno, el cuerpecito se resintió un poco con
tanto cambio, pero aguantó bien. También debo reconocer que subí varios kilos de tanto cariño, churrasco, sushi y lomo saltado.
Dentro de las impresiones más ridículas de este viaje, y que fue un
descubrimiento en mi inexperiencia de viajar a Chile después de casi un año de
vivir lejos, fue algo así como el síndrome de creer que todos eran mis amigos. Los
primeros días parecía paranoica dándome vuelta cada vez que escuchaba a alguien
hablar en chileno en cualquier lugar público. En el supermercado, en la calle,
en el metro, escuchaba la entonación cantadita chilena y me daba vuelta a mirar
quién era, porque en alguna parte de mi cerebro se incrustó la costumbre de que
en este pueblo llamado Edimburgo, cuando escuchamos hablar en chileno o es
alguien conocido, o alguien por conocer. Pero claro, en Santiago, con 6
millones de habitantes, difícilmente iba a conocer a todas las personas que hablan
en chileno. Después de que lo verbalicé, y me di cuenta que al Martín le pasaba lo
mismo, se me fue quitando este reflejo de la idea imaginada de que todos los
que hablaban como yo, eran mis conocidos.
Obviamente el sol es otro elemento a considerar en este recuento de
impresiones. Además de la extensión de la luz del día –y la inevitable comparación
con lo corto que estaban siendo los días aquí–, la cantidad de luz y la
potencia del sol fueron otro asunto impresionante. Gracias a los regalos y
consejos de mi querida prima y socia Alejandra, dermatóloga empoderada de su
profesión, no salí jamás sin ponerme protector solar en cada parte visible de
mi cuerpo. También, a pesar de lo cansada, desperté todos los días de madrugada
porque el sol pegaba fuerte en la ventana. Luego de varios días de andar con
sueño, decidí hacer uso del antifaz que regalan en el avión, así
que, a pesar del ridículo parecido con esas señoras que se ponen pedazos de
pepino en los ojos, dormí sensacional.
Ahora pasando a las impresiones más interesantes, y que me dejaron con pensamientos
revoloteados, lo primero es que me sentí muy querida y bienvenida por mi
familia y mis amigos. Me dio mucho gusto y alegría ver a mis amigos tan bien
(claro, a los que alcancé a ver, a los que no vi, lamento no tener idea cómo
están). A los que vi, con alguno que otro problema, como todos, pero en general
felices, haciendo cosas interesantes y que los hacen felices.
Me puso muy contenta sentir que la distancia geográfica no necesariamente
significa la separación ni el alejamiento con las personas que uno quiere. Fue lo
máximo poder reírse de las mismas cosas, conversar y discutir horas y horas. Pensé
muchas cosas en relación a ello, una es que las amistades se construyen en base
al cariño, la atención y la acción. Mantener la cotidianidad no es algo que
ocurra solo, hay que hacerlo y ponerle empeño, y me sentí muy agradecida de mis
amigos que han puesto ese empeño para que después de casi un año sin vernos ni
olernos pudiéramos sentarnos a conversar como si nada hubiera pasado.
Pero sí que muchas cosas habían pasado, tanto aquí como allá.
Entonces pensé que, aunque la cotidianidad y el cariño se mantengan, hay cosas
que realmente no se pueden contar, aunque una las cuente, no se logran captar
tal como una las vivió. Por una parte, creo que eso lleva a tomar una opción muy
sana, que es sintetizar y optar por lo más más relevante y dejar fuera todos los
detalles que acompañan pero que no sirven realmente. El tiempo se hace poco, y
las personas también nos aburrimos de tanto pormenor. En buen chileno, ir al
meollo del asunto, y lo demás chao pescao.
Creo que esto tiene que ver también con algo que he ido aprendiendo aquí,
tanto por el idioma, por esta otra manera de escribir, como por el tipo de
relaciones que se establecen en la lejanía. En inglés las frases son más cortas,
más directas. Pero como el lenguaje y la cultura van juntos, también las personas son un poco así. No hay que darles mucho la
lata porque se pierden con tanto, y sobre todo con el nivel de inglés de una, conviene
ser breve y directa y no darle tanta vuelta a las cosas. También me ha pasado con
los nuevos amigos chilenos y de otras latinidades, que aunque hablemos en
castellano, hay como una especie de apuro en hacerse amigos, entonces poca cosa
se cuenta y se agarra cariño altiro. Es como que de aquí para adelante, da un
poco lo mismo de dónde venimos, qué hemos hecho y qué no.
También me pasó que sentí más ganas de escuchar a los demás que hablar yo. Bueno,
el primer y segundo día hablé como loro, y a toda velocidad. La ansiedad y la
contentitud de estar con mis personas queridas tenían a mi cerebro emitiendo
palabras más rápido de lo que mi boca era capaz de articular. Pero después me
calmé y encontré más interesante escuchar que hablar. Sí tenía cosas que
contar, pero también me daba un poco de lata repetir las mismas cosas y armar una
especie de discurso pre-armado para cuando preguntaban cosas como cómo te ha
ido, hace mucho frío, es muy difícil, qué onda la universidad, y etc.
Creo que me pasó lo que el sabio de mi hermano Rodrigo me comentó tiempo
antes, justo antes de mi primer día de universidad. Las palabras
exactas me las guardo para mí, pero me habló sobre la “vida contemplativa” que iría
de la mano con esta nueva etapa, el doctorado, que aunque sabemos que no quita
lo tarado, es cierto que de alguna manera me ha ido llevando por caminos
inciertos, que me atrapan, me llenan de preguntas, de ideas y pensamientos, y que
sin engrupirme demasiado, creo que algo de eso es lo que me está pasando y me
hace mirar, escuchar, contemplar más que hablar.
Y para terminar este recuento de impresiones, pasó lo que las abuelitas dicen
que es “hallarse” en un lugar: fue más un viaje de vacaciones que un volver a
casa. Aunque casi todos mis amigos y familia viven allá, ahora mi casa está
acá. Sin querer darle un tono dramático sino que simplemente concreto, allá no
tengo casa. Tengo a mi familia que me recibe con los brazos abiertos, muchos
amigos, bellas personas que me quieren mucho y que quiero mucho también, pero
no tengo casa.
Después de tres semanas en Chile, volví a mi casa de aquí y de ahora,
repleta de cariño, de alegría y también de comida rica. Aquí también tenía
amigos que me estaban esperando y que eché de menos estando en Chile. De pronto
el mundo empieza a abrirse en dos y hay dos casas, dos familias, dos cariños,
dos “hallarse”.

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