domingo, 24 de abril de 2016

Ser un anciano y otros desvarios

Hace tiempo que no escribía aquí, de hecho me puse a revisar y caché que fue justo después de viajar a Chile en diciembre. Han pasado unas cuantas cosas desde ese entonces y en varias oportunidades me han dado ganas de escribir para contar algunas de esas historias que se van acumulando con el pasar de los días, pero por una u otra razón no lo he hecho.

Ahora al intentar hacerlo, pensaba en cómo dar cuenta de todo este tiempo y cosas que han pasado y en realidad creo que no tiene mucha gracia andar haciendo reportes de lo que nos ha pasado porque no es la idea hacer este blog como una bitácora cronológica sino más bien como un espacio para el desvarío, las emociones varias y las cosas irrelevantes, como hemos dicho anteriormente.

Una de las razones más importantes por las que me había ausentado de este espacio virtual fue que tenía que dar mi examen de primer año. Era una cosa bastante simple: entregar un texto a modo de avance de lo que he hecho en mi pesquisa y luego reunirme con las supervisoras y una persona externa que evaluaba. Pese a que las profes intentaron bajarle el perfil al asunto, igual me puse nervioso y temí. En teoría te pueden echar de la U si te va mal pero, aunque sabía que eso no iba a pasar, de todos modos uno se asusta de esas instancias serias e inquisidoras. Por supuesto no pasó nada terrible, por el contrario me comentaron puras cosas buenas, me dijeron que había trabajado harto y que estaban muy contentas con mi avance. Un agrado, sobre todo porque no hay muchas instancias para recibir esos comentarios. Uno está bastante solo en este asunto y aunque mis profes son particularmente buena onda igual es distinto recibir esa retroalimentación o feedback como dicen los pretenciosos. Pero volviendo a lo que nos convoca, luego de aprobar este examen, las profes me dijeron: “well done”, o sea “bien hecho”. Lo chistoso fue que después de eso, nos fuimos con la Eileen a celebrar este pequeño paso para el hombre comiendo hamburguesas en mi local favorito y por una de esas bellas y ridículas coincidencias del lenguaje me trajeron mi súper hamburguesa con queso con una banderita que decía “well done”. Aunque ciertamente se refería a que estaba bien cocinada y no 3/4 o “a punto” para qué nos vamos a quedar con lo literal que es tan aburrido.


Pese a que no dejan de chorearme los comentarios indeseables que preguntan a qué hora estudiamos o nos dicen que pasamos más tiempo viajando que acá, lo cierto es que este tiempo hemos ido a varios lugares por distintas razones. A propósito de estos viajes me he dado cuenta de que estoy hecho un anciano. No es que sea una gran novedad, todos los que me conocen un poco saben que no soy el más “lolein” del barrio. Pero la cosa es que durante este tiempo he cachado que tengo algunas conductas comunmente asociadas con la ancianidad.

Lo primero tiene que ver con el alojamiento. Hasta hace algunos años mi tolerancia a los alojamientos era un poco mayor. Ahora me da lata quedarme en lugares feos, sucios o con ciertas incomodidades. Además, ahora que viajamos a Chile decidimos arrendar un lugar donde quedarnos para poder estar más cómodos. No es que nuestras familias no nos hayan aceptado en sus casas, al contrario, pero entre que quedan lejos y tampoco es mucha gracia para los dueños de casa tener a unos giles por dos semanas alojados, por más que los quieran y todo eso. La cosa es que hasta hace algunos años yo jamás habría pensado eso como una posibilidad y simplemente me hubiera quedado en la casa de mis papás aunque vivieran en Temuco y tuviera que tomar la micro Temuco-Santiago todos los días. Pero ahora no y creo que es un cambio importante, aunque sea algo muy irrelevante. En esta ida a Chile también pasamos unos días en Serena y Coquimbo por razones que no viene al caso detallar aqui, y allá pasó lo mismo. Arrendamos un lugar para quedarnos en vez de pecharle el sillón a un amigo como habíamos hecho en otras ocasiones y además nos fuimos en avión para ahorrar tiempo y no deteriorar nuestras antiguas espaldas.

Por otra parte noto que me indignan con mayor frecuencia cosas como que la gente diga muchos garabatos, o hable con muchas muletillas, o que se vista muy al lote en una ocasión especial. La verdad es que el ser humano tiene tantas conductas desagradables que sería difícil enumerarlas todas. Tampoco es una molestia exclusiva de la vejez pero cuando uno dice que ciertas cosas le molestan, la típica respuesta es que eres un viejo. Por ejemplo, a mí me molestan los que ven todo el día el celular. Me desespera eso y como mi filtro es escaso empiezo a decirles cosas como: ¡no se está con el celular en la mesa! A veces las personas se ríen porque suena un poco gracioso, como si uno estuviera imitando a un papá enojado, y eso es buena técnica porque uno comunica lo que quiere pero de una forma simpática, pero la verdad es que no intento imitar a nadie. Me carga esa conducta idiota de dependencia extrema, sobre todo en instancias en que uno se junta a compartir con amigos y/o familiares. Si alguien te dice que se quiere juntar contigo pero cuando te juntas está mirando el celu todo el tiempo me pregunto: ¿para qué cuernos vino? ¿Por qué no se quedó en su casa viendo su maldito teléfono? Es igual que cuando la gente graba con sus teléfonos en los conciertos. ¿Para qué lo hacen? Esos videos se ven y escuchan horrible y nunca nadie los ve. Pero si uno dice eso es un pesado o amargado.


Esto tiene que ver con algo que conversamos con nuestra amiga Natalia Suarez. Entre mucha conversa al respecto, nos habló de una película en la que el protagonista decía que hay una edad en que uno ya no quiere hacer cosas que no le dan ganas. Yo intento llevar a cabo una cruzada en contra de esos supuestos compromisos y esa onda de hacer las cosas para que el otro no se sienta mal etc. Pero es una tarea titánica, estamos llenos de esa tontera humana y cuesta despercudirse. Como muestra un botón: Cuando era un adolescente, mi madre (una experta en culpas) me obligaba a invitar a una tía a mis cumpleaños. Yo no tenía ninguna cercanía con ella pero a ella le daba “nosequé” que la tía se sintiera mal. Finalmente yo tenía que ceder y aceptar que ella la invitara. Después de unos tres años, un día mi mamá la invitó nuevamente pero le dejó la puerta abierta diciéndole algo como: anda, a menos que no tengas ganas. Allí la tía, en un arranque de sinceridad, se atrevió a decir: mejor no voy, es que a mí no me gusta mucho ir pero como tú me invitabas me daba “nosequé” decirte que no. Así es que todos estuvimos formando parte de un sinsentido solo por suponer que alguien se podía llegar a sentir mal. La tía iba obligada y yo la recibía obligado todo por culpa de quién: Bueno… para que seguir machacando con el asunto ¿no?

Sin embargo, por más que uno lo predique por los siete mares, no dejamos de hacer esas concesiones y gestos para no incomodar o para evitar el conflicto. Típico que uno está conversando con un grupo de gente y alguien se manda un comentario de lo peor. Desatinado, poco informado o de frentón mala onda, sexista, clasista, etc. El problema es que ahi en ese momento a uno le baja la moralina de para qué discutir, para qué pelear, mientras el que hace el comentario no tuvo ningún pudor a la hora de decir su lesera. El día que llegamos a Chile fuimos con la familia a comer a un lugar bien rico. Nos atendió una mesera ofreciéndonos sabrosos pisco sours de aperitivo. Todo bien hasta que remató con la hermosa frase: los podemos preparar suaves para las mujeres. Yo pensé: que comentario más sexista e idiota. La cuñada Bernardita pensó lo mismo pero ninguno de los dos le dijo nada y nos quedamos después refunfuñando entre nosotros por tamaña burrada en lugar de decirle que el comentario estaba fuera de lugar. Lo malo de todo esto es que aunque sean cosas chicas o sin importancia uno se queda picado y dos semanas después del incidente sigue rumiando el comentario y lamentándose de no haber respondido algo.

Es como cuando uno va a una charla y dan la palabra. La mayoría de las veces yo no hablo. De tímido o pavo quizás, porque no sé si lo que voy a decir es suficientemente importante como para ser dicho, etc. Por otro lado, la mayoría de los que hablan dicen puras burradas y gastan todo el tiempo. Entonces uno se lamenta: ¿por qué no hablé?. Debería haberle preguntado. La otra vez fuimos a ver una película palestina y después hubo una conversación con el director. Abrieron la ronda de preguntas y mientras yo dudaba y dudaba sobre si mi pregunta era lo suficientemente buena como para romper el silencio y convertirse en sonidos inteligibles, unas gallas cuicas de la comunidad palestina se pusieron a hablar puras idioteces que no venían al caso. El tiempo se acabó y no hablé. Tampoco hablaron varios que podrían haber preguntado algo interesante o más adecuado que ellas pero no lo hicimos. Además, preguntar hubiera sido un doble favor para todos porque junto con poner más temas a la discusión le hubiéramos quitado tiempo a las preguntas fomes.

En ese sentido, los viejos tienen algunas ventajas. A cambio de una gran cantidad de desventajas, existe una cierta permisividad con los más viejos. Podríamos decir que hay una “ley del mono” de modales. Mi abuela por ejemplo dice unas barbaridades bien grandes y la gente la aguanta porque es vieja y nadie le echa la foca ni mucho menos. Les dice a los demás que son viejos, gordos, feos y un largo etcétera, pero todos se aguantan porque es la abuela. Los niños también entran en esa categoría de una cierta amnistía expresiva, pero claro que no se puede aspirar a ser niño. Al menos para mí sería un poco ridículo, aunque hay gente que no lo hace nada de mal.     

En este segundo viaje a Chile pude por fin conocer en persona a la Alicia, mi sobrina. Es bonita ella. Además le habíamos llevado unos regalitos la vez pasada y ahora vimos que los tenía y fue bakan eso. De las primeras cosas que pensé fue que la Alicia nació en el 2015 y su RUT parte con 25 millones, así que seguro que cuando sea grande le van a decir: ohhh la loca vieja, nació a principios de siglo, mira su RUT!!

El tema de la vejez es algo que ronda todo el tiempo. Nadie quiere ser viejo y es mal visto tener cierta edad. Pero el problema es que es algo que no tiene solución. Aunque te hagas el joven, vas a ser viejo. Comparándote con los adolescentes eres un abuelo. Y no hay nada más patético que los que tratan de hacerse los jóvenes cuando ya están pasaditos. Así que a toda esa gente que denosta la vejez, o le da vergüenza decir su edad y todas esas mañas, supérenlo o, como dice Redolés, váyanse a cagar a los yuyos. Finalmente no me queda claro si hay una edad en que uno logre dejar de hacer cosas por cumplir pero después de conocer a algunos viejos tremendamente lúcidos, con una experiencia envidiable, me parece que aferrarse a la efímera juventud es una verdadera pérdida de tiempo. 

2 comentarios :

Cammiranda dijo...

Ser un anciano con espiritu de niño...

Te entiendo perfecto cuando hablas de esas cosas que te molestan, es chistoso mirarse y darse cuenta que estás mañoseando por leseras que antes pasabas por alto y que ahora son muy relevantes!

El otro día vimos "El Principito" la película...y me quedé pensando en eso, que triste sería ir envejeciendo perdiendo la capacidad innata de jugar o improvisar, para mi ese espíritu permite ver la vida con otros colores...quizás es porque trabajo con niños...por eso me atrapó tanto la película.

Me reí mucho con el "nosequé" ajjaja, que es esoooo!!!! muy chileno.

Un Abrazo para los dos!

Eduardo dijo...

Y yo que estoy entrando a la adolescencia...a estas alturas uno involuciona...y finalmente muy hermoso lo escrito...

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