Hay un montón de cosas que quiero decir (escribir) y como uno de los
motivos que llevó a crear este blog era justamente tener el espacio para escribir
sobre lo que fuera y además compartirlo con quienes quisieran leerlo, empiezo.
Una de las cosas sobre las que quiero hablar es sobre irse a vivir a otro lado, las despedidas y lo que extrañamos. Pero para esto, primero tengo que hablar sobre las maletas y los desprendimientos, es decir, de la experiencia de hacer una maleta y que lo que no cabe en ella hay que dejarlo, desprenderlo de uno.
Antes de este viaje siempre, pero siempre para mí era una complicación empacar.
Aunque fuera para irme dos días a la playa. Que si llevo esto o mejor esto
otro, o que si justo llueve, o si va a hacer calor, etcétera, etcétera, etcétera.
Pero cuando decidimos venirnos a vivir aquí esa relación con la maleta cambió
rápidamente.
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| Las maletas donde puede caber toda la vida. |
Veníamos ordenando poco a poco, hace varios meses. Muy poco a poco. Más
bien mentalmente más que concretamente. Es decir, en esos meses en que ya empezamos
la cuenta regresiva empecé a pensar en qué cosas llevarme, qué cosas dejar y no
me compré nada más, excepto la maleta para viajar. Para qué si me iba a ir
luego y sabía que no me podía llevar todas las cosas, que tenía que llevarme lo
justo y necesario. Por ejemplo, usé todo el verano las mismas chalas (que me
había comprado hace dos veranos) hasta que se me rompieron y así bien rotas las
boté a la basura antes de partir.
Tuvimos una semana entre que nos dieron el pasaje hasta que tomamos el
avión. Muchos meses antes sabíamos que nos iríamos, pero sin tener el pasaje ni
la fecha exacta se hacía todo un poco más ambiguo e incierto. En realidad fue
menos de una semana, el martes nos dieron el pasaje y el domingo viajamos. En esa
corta semana terminé de ordenar mis libros, seleccionar los cuatro o cinco que me iba a
traer y guardar en cajas todos los demás (¡que son muchos!). Lo mismo con los
discos, los adornos de la casa, las fotos y los miles de cachureos que aparecen
y aparecen cuando uno tiene que ordenar y cerrar el boliche.
Entre todos los cachureos aparecieron agendas, cartas, tarjetas, diarios de
vida con letra de tercero básico donde me preguntaba cosas como si el café será
rico o malo. También aparecieron trabajos de la universidad, cuadernos de tercero
y cuarto medio, archivadores con textos que me quería leer y que después de no
sé cuántos años no me había leído. Como el tiempo apremiaba y era un cerro de
cosas las que tenía que guardar, revisé sólo lo más importante, es decir, los
diarios de vida de cuando chica y los trabajos más divertidos de la U. Boté
casi todo, menos los diarios, cartas, agendas y fotos. Pero todo lo demás se
fue al reciclaje de papel de la Municipalidad. Las otras cosas, las leí, me
reí, las compartí con el Martín, y mis amigos (que no diré sus nombres porque le
ponen color con la privacidad pero saben clarito quiénes son) que me estaban
ayudando en esa ardua tarea, y después las guardé en otras cajas para ser
guardadas en otro lugar. No me las podía traer, no cabían en la maleta.
Con esto daba la primera etapa de selección y guardado superada. Ahora venía
la siguiente: los instrumentos musicales. Quería traerme todo, pero claramente
que no podía. Ya habíamos decidido dejar allá la guitarra, pero no porque no la
quisiera sino que porque es algo que nos podíamos comprar acá (y de hecho ya
nos compramos una). Como no traía guitarra, traje el cuatro, que como no cabe
adentro de la maleta se contaba como una maleta más, así que ya no podía las traer
las dos maletas grandes que permitía el avión, sino que sólo una y el cuatro. Una
sola maleta entonces, más la de mano, claro. Entonces, metí la flauta y la
quena, el clarinete lo dejé porque ocupaba más espacio. Los sicus los dejé al cuidado de mi hermano Javi, igual que el bongó y
una chorrera de accesorios que se fueron acumulando con el paso de los años y
mi paso por los grupos. Quedaron otros en la casa de la Eve, pero para qué
vamos a entrar en tanto detalle.
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| La guitarra que nos compramos y otras cosas más. |
Ahora venía la ropa y los zapatos, que en realidad fue lo más fácil, porque
casi todo lo que tenía estaba bastante usado (por no decir viejo). Elegí las
pilchas regalonas, las más abrigadas, las zapatillas de correr, los bototos y
listo. No sabía cómo iba a ser el clima acá, si la ropa que tenía me iba a
servir o no, si iba a pasar frío. Lo más probable era que tuviera que comprarme
acá ropa adecuada al clima (de hecho es lo que hasta en la página de la Universidad
recomiendan) así que no me hice mayores problemas y me traje poquitas pilchas.
Lo más difícil fue dejar fuera de la maleta todas las cosas con valor
emocional, esas que tienen recuerdos bonitos asociados, porque las regaló
alguien especial, o porque vienen de un viaje, o lo que sea. Fue un gran ejercicio
desprender de emocionalidad las cosas. Dejar nomás, si no podía traerme todo
así que no podía ponerme sentimental. Metí en la maleta chica algunos adornitos
bonitos, carpetas con fotos y recortes, un aguayo y una manta de colores y
listo, se llenó.
Junto a esta dificultad de desprender la emocionalidad de los objetos
estaba la dificultad de tratar de responder sin pesadez alguna las preguntas de
los amigos y familiares curiosos que preguntaban ¿pero no te vai a llevar esto,
y esto otro lo vai a dejar acá, no te irá a hacer falta? Cómo podía saber si me
iría a hacer falta algo o no, y ¡qué!
Ahora, que ya llevamos casi cinco meses acá me he dado cuenta que son muy
pocas cosas las que me han hecho falta. En realidad cosas-cosas ninguna. Al principio,
claro echaba de menos más cosas, más que nada por costumbre, como la leche
cultivada y el jugo en polvo. Sí, el jugo el polvo. Ya sé que se preguntan cómo
puedo echar de menos esa porquería tóxica, pero es que puro andar tomando agua
para la sed (aunque sea sana y todo) aburre, y los jugos que venden acá son como
comerse un almuerzo. Además de pura naranja y cosas raras como el ruibarbo.
Paltas hay, y no sólo de Israel (que esas no las compramos por motivos ético-políticos). También hay
uvas, frambuesas, mangos, duraznos, lechuga, espárragos, tomates, cilantro, de
todo. Claro, las cosas son distintas, más chicas, sobre todo las importadas (que
son la mayoría) pero de que hay casi de todo, hay casi de todo. Y sobre las que
no hay, como leche cultivada y jugo en polvo, hemos aprendido a vivir sin ellas.
Cuando pienso en una hallulla o una marraquetita crujiente claro que me dan
ganas de comer una, pero no es algo que extrañe ni que me haga falta
particularmente. Lo mismo las sopaipillas y todos los clichés de la comida
típica chilena.
Pero lo que más extraño justamente no son las cosas-cosas, ni las comidas. Son
momentos, espacios, personas. Además de mi familia, específicamente mi mamá, mi
papá, mis hermanos y queridas cuñadas, extraño mucho a mis amigos y amigas. Aunque
con la inmediatez de internet se hace más llevadero el extrañamiento pero no
dejan de hacerme mucha falta.
También extraño momentos y lugares como caminar por el Paseo Ahumada y
comprarme chucherías chinas por 500 pesos, como pinches, collets o calcetines. Extraño
los kioskos de las esquinas donde comprarme un chocolatín al paso y no tener
que entrar a un negocio, pasar por la caja, comprar con boleta de por medio y los
etcétera de las formalidades de acá. Extraño caminar por las calles de
Santiago, mirar las cosas que venden los ambulantes y artesanos, comprarme un
par de aros, un anillo o un banano. Aquí no hay vendedores ambulantes, no hay chucherías
chinas, no hay informalidad. Hay ferias, sí, hay puestos donde artesanos venden
sus trabajos, pero no es lo mismo. Le falta la chispa de la no-regulación y le
sobran varios dígitos en los precios. Extraño caminar por las calles y
encontrarme sorpresas, como un grupo tocando, una manifestación, lo que sea. Acá
son tan ordenados que hay poco espacio para la sorpresa.
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| Ordenado pero muy bonito. |
Esas cosas no se pueden llevar en la maleta, aunque sea una maleta enorme. No
se puede porque no son cosas, y por lo tanto no se pueden llevar a ninguna
parte. Sólo se pueden vivir, disfrutar en vivo y en directo. Tampoco me voy a
deprimir por no poder ir a darme una vuelta al Paseo Ahumada o a la Feria Santa
Lucía, pero si hablamos de las cosas que extraño, esa es una de ellas.
Acá es diferente, hay lugares muy bonitos, entretenidos, que tienen su
onda, pero son distintos. Hay lugares con los que poco a poco nos vamos
encariñando, haciéndonos parte, y seguramente cuando nos tengamos que ir de acá
los querremos llevar en la maleta pero no podremos.
Creo que esa es la gracia de viajar, de ver realidades distintas, tan
distintas y tan reales que aunque uno le saque foto sabe que no se las puede llevar.
Creo que eso es parte de desprender. Vivir y disfrutar las cosas, los lugares,
los momentos, las personas que tenemos cerca, y poder cambiar de ruta, de
lugar, de país, y que lo importante se quede con nosotros (pero no en la
maleta, sino que adentro de uno) y todo lo que no importa se quede en el tarro
de la basura del país que corresponde.
Me salió un poco larga la escritura, pero como hace tiempo no escribía por
aquí, tenía muchas ideas y sentimientos revueltos que compartir. Ahora me
despido porque tengo que hacer otra maleta, ya que mañana viajamos a Alemania a
la fiesta de matrimonio de unos amigos muy queridos y luego a España a
despedirnos de mi hermano que se vuelve a Chile. Y vuelta otra vez con las
despedidas y las maletas…



1 comentario :
Disfrutó mucho tu escritura, la intensidad fluye en tu narración, en los objetos llenos de vida. Un abrazo. Natalia
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