jueves, 13 de agosto de 2015

Desprendimientos y maletas

Hay un montón de cosas que quiero decir (escribir) y como uno de los motivos que llevó a crear este blog era justamente tener el espacio para escribir sobre lo que fuera y además compartirlo con quienes quisieran leerlo, empiezo.

Una de las cosas sobre las que quiero hablar es sobre irse a vivir a otro lado, las despedidas y lo que extrañamos. Pero para esto, primero tengo que hablar sobre las maletas y los desprendimientos, es decir, de la experiencia de hacer una maleta y que lo que no cabe en ella hay que dejarlo, desprenderlo de uno.

Antes de este viaje siempre, pero siempre para mí era una complicación empacar. Aunque fuera para irme dos días a la playa. Que si llevo esto o mejor esto otro, o que si justo llueve, o si va a hacer calor, etcétera, etcétera, etcétera. Pero cuando decidimos venirnos a vivir aquí esa relación con la maleta cambió rápidamente.

Las maletas donde puede caber toda la vida. 
Veníamos ordenando poco a poco, hace varios meses. Muy poco a poco. Más bien mentalmente más que concretamente. Es decir, en esos meses en que ya empezamos la cuenta regresiva empecé a pensar en qué cosas llevarme, qué cosas dejar y no me compré nada más, excepto la maleta para viajar. Para qué si me iba a ir luego y sabía que no me podía llevar todas las cosas, que tenía que llevarme lo justo y necesario. Por ejemplo, usé todo el verano las mismas chalas (que me había comprado hace dos veranos) hasta que se me rompieron y así bien rotas las boté a la basura antes de partir.

Tuvimos una semana entre que nos dieron el pasaje hasta que tomamos el avión. Muchos meses antes sabíamos que nos iríamos, pero sin tener el pasaje ni la fecha exacta se hacía todo un poco más ambiguo e incierto. En realidad fue menos de una semana, el martes nos dieron el pasaje y el domingo viajamos. En esa corta semana terminé de ordenar mis libros, seleccionar los cuatro o cinco que me iba a traer y guardar en cajas todos los demás (¡que son muchos!). Lo mismo con los discos, los adornos de la casa, las fotos y  los miles de cachureos que aparecen y aparecen cuando uno tiene que ordenar y cerrar el boliche.

Entre todos los cachureos aparecieron agendas, cartas, tarjetas, diarios de vida con letra de tercero básico donde me preguntaba cosas como si el café será rico o malo. También aparecieron trabajos de la universidad, cuadernos de tercero y cuarto medio, archivadores con textos que me quería leer y que después de no sé cuántos años no me había leído. Como el tiempo apremiaba y era un cerro de cosas las que tenía que guardar, revisé sólo lo más importante, es decir, los diarios de vida de cuando chica y los trabajos más divertidos de la U. Boté casi todo, menos los diarios, cartas, agendas y fotos. Pero todo lo demás se fue al reciclaje de papel de la Municipalidad. Las otras cosas, las leí, me reí, las compartí con el Martín, y mis amigos (que no diré sus nombres porque le ponen color con la privacidad pero saben clarito quiénes son) que me estaban ayudando en esa ardua tarea, y después las guardé en otras cajas para ser guardadas en otro lugar. No me las podía traer, no cabían en la maleta.

Con esto daba la primera etapa de selección y guardado superada. Ahora venía la siguiente: los instrumentos musicales. Quería traerme todo, pero claramente que no podía. Ya habíamos decidido dejar allá la guitarra, pero no porque no la quisiera sino que porque es algo que nos podíamos comprar acá (y de hecho ya nos compramos una). Como no traía guitarra, traje el cuatro, que como no cabe adentro de la maleta se contaba como una maleta más, así que ya no podía las traer las dos maletas grandes que permitía el avión, sino que sólo una y el cuatro. Una sola maleta entonces, más la de mano, claro. Entonces, metí la flauta y la quena, el clarinete lo dejé porque ocupaba más espacio. Los sicus los dejé al cuidado de mi hermano Javi, igual que el bongó y una chorrera de accesorios que se fueron acumulando con el paso de los años y mi paso por los grupos. Quedaron otros en la casa de la Eve, pero para qué vamos a entrar en tanto detalle.

La guitarra que nos compramos y otras cosas más. 
Ahora venía la ropa y los zapatos, que en realidad fue lo más fácil, porque casi todo lo que tenía estaba bastante usado (por no decir viejo). Elegí las pilchas regalonas, las más abrigadas, las zapatillas de correr, los bototos y listo. No sabía cómo iba a ser el clima acá, si la ropa que tenía me iba a servir o no, si iba a pasar frío. Lo más probable era que tuviera que comprarme acá ropa adecuada al clima (de hecho es lo que hasta en la página de la Universidad recomiendan) así que no me hice mayores problemas y me traje poquitas pilchas.

Lo más difícil fue dejar fuera de la maleta todas las cosas con valor emocional, esas que tienen recuerdos bonitos asociados, porque las regaló alguien especial, o porque vienen de un viaje, o lo que sea. Fue un gran ejercicio desprender de emocionalidad las cosas. Dejar nomás, si no podía traerme todo así que no podía ponerme sentimental. Metí en la maleta chica algunos adornitos bonitos, carpetas con fotos y recortes, un aguayo y una manta de colores y listo, se llenó.

Junto a esta dificultad de desprender la emocionalidad de los objetos estaba la dificultad de tratar de responder sin pesadez alguna las preguntas de los amigos y familiares curiosos que preguntaban ¿pero no te vai a llevar esto, y esto otro lo vai a dejar acá, no te irá a hacer falta? Cómo podía saber si me iría a hacer falta algo o no, y ¡qué!

Ahora, que ya llevamos casi cinco meses acá me he dado cuenta que son muy pocas cosas las que me han hecho falta. En realidad cosas-cosas ninguna. Al principio, claro echaba de menos más cosas, más que nada por costumbre, como la leche cultivada y el jugo en polvo. Sí, el jugo el polvo. Ya sé que se preguntan cómo puedo echar de menos esa porquería tóxica, pero es que puro andar tomando agua para la sed (aunque sea sana y todo) aburre, y los jugos que venden acá son como comerse un almuerzo. Además de pura naranja y cosas raras como el ruibarbo.

Paltas hay, y no sólo de Israel (que esas no las compramos por motivos ético-políticos). También hay uvas, frambuesas, mangos, duraznos, lechuga, espárragos, tomates, cilantro, de todo. Claro, las cosas son distintas, más chicas, sobre todo las importadas (que son la mayoría) pero de que hay casi de todo, hay casi de todo. Y sobre las que no hay, como leche cultivada y jugo en polvo, hemos aprendido a vivir sin ellas.

Cuando pienso en una hallulla o una marraquetita crujiente claro que me dan ganas de comer una, pero no es algo que extrañe ni que me haga falta particularmente. Lo mismo las sopaipillas y todos los clichés de la comida típica chilena.

Pero lo que más extraño justamente no son las cosas-cosas, ni las comidas. Son momentos, espacios, personas. Además de mi familia, específicamente mi mamá, mi papá, mis hermanos y queridas cuñadas, extraño mucho a mis amigos y amigas. Aunque con la inmediatez de internet se hace más llevadero el extrañamiento pero no dejan de hacerme mucha falta.

También extraño momentos y lugares como caminar por el Paseo Ahumada y comprarme chucherías chinas por 500 pesos, como pinches, collets o calcetines. Extraño los kioskos de las esquinas donde comprarme un chocolatín al paso y no tener que entrar a un negocio, pasar por la caja, comprar con boleta de por medio y los etcétera de las formalidades de acá. Extraño caminar por las calles de Santiago, mirar las cosas que venden los ambulantes y artesanos, comprarme un par de aros, un anillo o un banano. Aquí no hay vendedores ambulantes, no hay chucherías chinas, no hay informalidad. Hay ferias, sí, hay puestos donde artesanos venden sus trabajos, pero no es lo mismo. Le falta la chispa de la no-regulación y le sobran varios dígitos en los precios. Extraño caminar por las calles y encontrarme sorpresas, como un grupo tocando, una manifestación, lo que sea. Acá son tan ordenados que hay poco espacio para la sorpresa.

Ordenado pero muy bonito. 
Esas cosas no se pueden llevar en la maleta, aunque sea una maleta enorme. No se puede porque no son cosas, y por lo tanto no se pueden llevar a ninguna parte. Sólo se pueden vivir, disfrutar en vivo y en directo. Tampoco me voy a deprimir por no poder ir a darme una vuelta al Paseo Ahumada o a la Feria Santa Lucía, pero si hablamos de las cosas que extraño, esa es una de ellas.

Acá es diferente, hay lugares muy bonitos, entretenidos, que tienen su onda, pero son distintos. Hay lugares con los que poco a poco nos vamos encariñando, haciéndonos parte, y seguramente cuando nos tengamos que ir de acá los querremos llevar en la maleta pero no podremos.

Creo que esa es la gracia de viajar, de ver realidades distintas, tan distintas y tan reales que aunque uno le saque foto sabe que no se las puede llevar. Creo que eso es parte de desprender. Vivir y disfrutar las cosas, los lugares, los momentos, las personas que tenemos cerca, y poder cambiar de ruta, de lugar, de país, y que lo importante se quede con nosotros (pero no en la maleta, sino que adentro de uno) y todo lo que no importa se quede en el tarro de la basura del país que corresponde. 

Me salió un poco larga la escritura, pero como hace tiempo no escribía por aquí, tenía muchas ideas y sentimientos revueltos que compartir. Ahora me despido porque tengo que hacer otra maleta, ya que mañana viajamos a Alemania a la fiesta de matrimonio de unos amigos muy queridos y luego a España a despedirnos de mi hermano que se vuelve a Chile. Y vuelta otra vez con las despedidas y las maletas…

1 comentario :

Talita dijo...

Disfrutó mucho tu escritura, la intensidad fluye en tu narración, en los objetos llenos de vida. Un abrazo. Natalia

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