domingo, 30 de agosto de 2015

Sin reciprocidad no habría viajes posibles

Venimos llegando del que ha sido el más largo viaje fuera de nuestra nueva casa de este lado del mundo. Fueron unas hermosas vacaciones, hartos paseos, muchas anécdotas y volvimos con el corazón lleno de cariño, regaloneo, risas y calor (calor del sol y del otro).  Antes de partir estábamos medios nerviosos de dejar el departamento solo dos semanas, también medios estresados entre tanta cosa que tuvimos que dejar lista antes de partir (trabajo, estudio y postulaciones a proyectos para seguir teniendo trabajo). Dejamos nuestras pequeñas plantas al cuidado del vecino, que ha sido una persona fundamental para nosotros en estos meses aquí. 

De madrugada partimos el viaje para encontrarnos con muchas sorpresas, de las buenas y de las malas, pero como estamos con espíritu positivo, hicimos pasar las malas por aventuras más que por malos ratos. No nos vamos a poner a odiar en plenas vacaciones, nada que ver.

Entre todas las cosas que nos pasaron quiero hablar de aquella que responde al título de este escrito: la reciprocidad. Eran varios viajes y varios los motivos. Uno de ellos, el matrimonio de unos muy grandes amigos en Bielefeld, Alemania.

El mapa de la zona.

Después del viaje en avión que aterrizaba en el aeropuerto de Dortmund teníamos que tomar un bus hacia la estación para tomar un tren a Bielefeld. Teníamos todas las indicaciones anotadas en mi libreta de viajes (que me la regaló una gran amiga antes de partir), pero el idioma lo hacía todo un poco cuesta arriba. Preguntamos en Informaciones dónde tomar ese bus, nos indicaron más o menos que para allá, y esperamos. Salía a las 6:00 pm. Como llegamos a las 4 y media de la tarde, tuvimos que hacer hora, aprovechamos de comer un sanguchito porque no habíamos almorzado todavía, y antes de las 6 estábamos afuera esperando el bus. Pero había varios paraderos y no teníamos idea cuál era el de nuestro bus. La persona de Informaciones nos dijo enfáticamente que era distinto a los demás, que lo íbamos a ver de todas maneras. Pues no lo vimos. A las 6:00 partieron varios buses y no alcanzamos a distinguir cuál era el nuestro. Un poco angustiados, el Martín corrió detrás del bus para ver si era o no (no para intentar alcanzarlo, como la otra vez), y yo me acerqué a otro bus que recién había llegado, pero que claramente no era porque ya habían sido las 6:00. El conductor abrió la puerta y seguramente olió mi angustia y desolación al verme ahí parada con cara de “hasta aquí nomás llegamos”, y me preguntó que para dónde vamos. Me confirmó que el bus que esperábamos ya se había ido y el siguiente pasaba en una hora más. “La mejor opción es que vayan conmigo y yo los dejo en otro tren para que combinen y lleguen a Bielefeld, es lo más rápido”. Eso fue más o menos lo que dijo, en un clarísimo inglés. Luego de tanta elocuencia obviamente nos subimos a su bus y el diálogo siguió más o menos así:

- ¿Cuánto vale el pasaje?
-   6 euros cada uno, 12 los dos.
- Ya, espere que dejo la maleta y le pago (mientras subíamos y acomodaba la maleta en el bus).
¿De dónde son? 
- De Chile. 
- ¿Qué? ¡De Chile!
Sí (acercándome con los 12 euros para pagarle los pasajes). 

Mientras me acercaba a pagarle le comenta a su compañero algo en alemán, incomprensible para nosotros, pero entendí que dijo "Chile" unas tres veces. Como la teoría de la Gestalt permite rellenar lo que falta, imagino que dijo algo así como “estos vienen de Chile, ¡de Chile!, ¿tú cachai lo lejos que queda Chile?” En medio de ese fervor por Chile, me acerqué con el billetón en la mano para pagarle los pasajes, y me volvió a decir “¡Chile!” y me dijo que no le pagara, a lo Redolés enamorado en el metro de Santiago, “pasa oh”.

No tengo idea qué le causó tanta admiración por Chile, pero algo grande debe haber sido para no cobrarnos el pasaje. Tampoco era un viaje tan largo, pero en Europa, especialmente en Alemania, son un poquito estrictos con los pasajes y las multas. Pero la historia no terminó ahí. Cuando llegó a la parada en la que nos teníamos que bajar, se tomó el tiempo de mostrarnos dónde estaba la máquina touch para que compráramos el pasaje del tren en esa máquina, porque era más fácil de usar que la otra y podíamos ponerle un idioma que entendiéramos. Además nos explicó cómo hacer la combinación del tren y nos deletreó el nombre de la estación para asegurarse de que no nos perderíamos.
El tranvía-metro de Bielefeld

Le agradecimos mucho, nos bajamos muy contentos, compramos el pasaje y tomamos el siguiente tren tal como nos indicó. ¿Por qué fue tan amable? No lo sabemos y nunca lo vamos a saber.  Sólo viene a mi mente la palabra reciprocidad.

Esta palabra se volvió importante para mi hace dos años atrás, cuando me tocó viajar de un día para otro a La Serena para participar en una reunión con un señor de terno que oficiaba de representante de la cultura, aunque más parecía joven-empresario-emprendedor. La reunión era para solicitarle a este señor que, en su rol de servidor público se hiciera cargo, o al menos ayudara un poco, a hacerle justicia a un músico que había muerto hace unas semanas y sus cosas (que podríamos llamar patrimonio material e inmaterial de la música chilena) se esfumaron junto con su último suspiro. Luego de una conjunción de acciones en que una profesora de la Universidad, de corazón sensible y comprometido, gracias a su cargo y buena reputación, logró que este señor le diera una cita para que le planteáramos los problemas que estaban ocurriendo. Más allá de las promesas y los nulos resultados de la reunión para con el músico en cuestión, en este viaje aprendí que sin reciprocidad no hay viajes posibles.

Esto me lo dijo la misma profesora, que después de este viaje se convirtió en una amiga. Ella, sabiendo que pasar la noche viajando en bus es un poco demoledor, me ofreció amablemente su casa como punto de descanso y recuperación. No sólo su casa, sino una camita con guatero y frazada de lana, que en pleno invierno era el mejor regalo. Tecito por la mañana, almuerzo, once y sopa de verduras en la noche antes de tomar el bus de regreso. Antes de este viaje sólo nos conocíamos por email y una breve presentación formal en una actividad académica de la universidad tres años antes. Pero como ella es de las que alimentan al mundo de buena energía y cree en la reciprocidad me invitó a su casa sin conocerme.

Cuando quise agradecerle por su buena voluntad de alojarme (y alimentarme) en vez de decirme “de nada” me dijo que ella cree en la reciprocidad, que los viajes y las cosas buenas de la vida son posibles gracias a la reciprocidad que ocurre no necesariamente entre las mismas personas, pues esa es la forma en que el mundo se equilibra. Ella me ayudó, a ella la ayudó alguien antes, yo ayudaría a otra persona luego, y así…

En el fondo, consiste en ser amable y ayudar a las personas sin esperar algo de vuelta de esas mismas personas. Tampoco se trata de justicia divina pero sí de que si una es amable, otros serán amables con una. Diciéndolo hippiemente, la buena onda llama a la buena onda.

Vista al patio de la linda casa
Cuando llegamos a Bielefeld, los amigos que se casaron arreglaron para que nos alojáramos en la casa de unos amigos de ellos, a los cuales nosotros no habíamos visto ni en pintura. Habíamos escuchado de ellos, y quizás ellos de nosotros, pero nada más. Pensamos, bueno, con que nos alojen estamos bien. Pero fue mucho más que eso. Fue un hogar calentito donde hasta nos cocinaron cazuela. Conversamos como si nos conociéramos de toda la vida. Nos llevaron a pasear por la ciudad, nos mostraron sus lugares más importantes, escuchamos música, guitarreamos juntos, hasta nos dio pena despedirnos, y claro, rápidamente pasamos de ser desconocidos a amigos.

Todo ese tiempo me acordé de las palabras de la profe de La Serena, la reciprocidad es la que equilibra el mundo, es la que permite que los viajes sean posibles, sino es solamente turismo.

No se trata de ser el Padre Hurtado, sino que de saber interpretar los momentos y a las personas. Tampoco es que vamos a ser amigos de todos quienes nos ayudan o de quienes ayudamos, pero es un punto de partida donde se podría entablar una bonita amistad. También puede llegar a ser lo contrario, que la reciprocidad no sea tal y al final uno se pelee con el amigo porque uno recibió más que lo que el otro le dio.

No pretendo llegar a ninguna conclusión ni moraleja en este escrito, sólo quería contar estos pequeños detalles inesperados que alegraron aún más este viaje. Detalles que si los sabemos mirar, nos damos cuenta que bien poco tienen de detalles y pasan a ser cosas importantes en la vida.

Este viaje no hubiera sido tal si nuestro vecino no nos hubiera cuidado las plantas con tanta dedicación, sin el tremendo gesto del conductor alemán, sin que los amigos de nuestros amigos (que también son nuestros amigos) nos recibieran con tanto cariño en su casa.

También pasaron otras cosas más, igual y mejor de buenas, pero quedarán para otro momento, porque no podemos tirar toda la carne a la parrilla y quedarnos sin ideas para escribir en este blog. Y para terminar, si alguien no entendió eso de Redolés, acá les comparto el poema donde él mismo lo recita, justamente en La Serena:



1 comentario :

Eduardo dijo...

Emocionante y excelente artículo ...

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